Melisa bajó la mirada y observó la sangre que goteaba de su mano. Por un instante, se quedó ida.
¿Acaso...
al final no pudo controlar sus impulsos?
Néstor se acercó con el botiquín, y le vendó la herida con habilidad.
—Señorita, por más enojada que esté, no puede jugar así con su cuerpo. Si a usted le llegara a pasar algo, la abuela sí que se moriría de preocupación.
Melisa apretó los labios, y miró a Jimena.
—Abuelita, estoy bien, de verdad.
Jimena la abrazó suavemente, rodeándola con los brazos y usando ese tono tierno que le salía del alma.
—Mi niña, si necesitas llorar, llora. Yo sé que estas semanas han sido pesadas para ti, y aunque siempre te esfuerzas por no preocuparme, yo lo noto. Entre más te empeñas en contenerte, más me preocupas. Llora, Melisa, suéltalo, te va a hacer bien.
Quizá fueron esas palabras que le tocaron directo el corazón, o tal vez simplemente ya no podía aguantar más, pero Melisa no pudo evitarlo y se echó a llorar en silencio, resguardada en el regazo de la anciana.
Jimena sintió cómo Melisa temblaba entre sus brazos y supo que, por fin, estaba llorando. Aun así, no pudo evitar suspirar.
Su Melisa... hasta para llorar se contenía.
Le dolía ver a su nieta así, pero tampoco se atrevía a seguir insistiendo.
Temía que, si la presionaba más, Melisa jamás volvería a mostrarse vulnerable frente a ella.
Melisa ya no recordaba cuántos años habían pasado desde la última vez que había llorado.
No importaba lo que enfrentara, jamás se permitía derrumbarse.
No quería parecer débil.
Pero hoy, frente a su abuelita, por fin pudo liberar todas esas emociones que llevaba guardando tanto tiempo.
Después de unos minutos, Melisa logró calmarse. Cuando levantó la cabeza, tenía una leve sonrisa, como si nada hubiera pasado.
—Abuelita, mañana me voy a Monarca Nova. No voy a regresar en un buen rato. Ya resolví lo de Bruno y los demás. Los que quedan en la familia, aunque tienen sus mañas, no llegarían a hacerle daño a nadie. Así que te dejo la casa a ti. Los asuntos de la empresa también se los dejo por completo a mi papá. Yo ya no me voy a meter.
En su momento, Melisa se había hecho cargo de la empresa de la familia Orozco porque estaba hecha un desastre.
Ahora, después de todo el esfuerzo, ya la había puesto en orden. El resto de los problemas no necesitaban de su atención.
Y, siendo sincera, tampoco era capaz de seguir ocupándose de todo.
Jimena asintió con convicción.

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