Juliette Moreau
Tres meses después…
Vacaciones. Necesito vacaciones.
«Pero no puedo tenerlas».
Un café. Necesito solo un café.
«Eso debe ser suficiente».
Mi odioso jefe está entretenido en una llamada y yo debería ser capaz de prepararme mi bebida mágica en tiempo récord, ¿verdad?
«Maldita la hora en que me quedé revisando un informe y no aproveché».
Me levanto rápido de mi silla, para no dudar, y tomo rumbo a la sala donde está la máquina de café. No es el mejor, preferiría uno de la cafetería más cercana, pero no me voy a quejar de la posibilidad al alcance de la mano.
Pero no he dado dos pasos lejos de la oficina de Lucifer, cuando su voz rompe el silencio.
—Juliette.
El tono seco y antipático de Aston me hace poner los ojos en blanco. Controlo el impulso de soltar un gruñido y regreso sobre mis pasos, alcanzando mi libreta de notas antes de ir hacia mi martirio.
—¿Sí, señor? —inquiero, cuando aparezco en su puerta y veo que el idiota ni siquiera me está mirando.
—Cancela toda mi agenda de esta tarde —ordena, sin perder tiempo—. Llama al piloto y dile que prepare un viaje rápido a Boston, a las seis en punto quiero estar en el aire. Déjalo bien claro.
«Boston, cómo no».
—¿Boston? ¿La señorita Taylor tiene algún problema?
Ni siquiera sé por qué menciono a Ivanna, debería darme una sacudida por dejarme así en evidencia. Pero en estos meses que llevo trabajando para Aston Myers, por órdenes del impresentable de su padre, me ha quedado claro que mi jefe siente algo por su amiga. A quien incluso llama zanahoria.
«¿Quién diría que podía ser tierno, el idiota?».
En cuanto lo digo, sus ojos se posan en mí, entrecerrados y desconfiados. No lo veo, porque mantengo mi mirada fija en mi libreta, pero como siempre, lo siento. Aston tiene una forma muy particular de observarme y siempre que lo hace, cada vello en mi cuerpo se eriza.
«Cuerpo traidor y cobarde».
Levanto la mirada solo porque no puedo fingir que anoto algo y la cruzo con la suya. Finjo la mayor inocencia que puedo aparentar, porque no es mi intención buscarme un problema con él.
«Ya es demasiado que no haya cumplido al pie de la letra las órdenes de quien me puso aquí».
—No, Juliette, no tiene ningún problema. ¿Es eso un problema para ti? —Su tono me estremece, por lo duro que se escucha.
Sacudo la cabeza, todavía cumpliendo mi papel. No tengo nada en contra de Ivanna, la verdad. No sé por qué se pone tan tenso cuando es un tema recurrente a tratar.
—Por supuesto que no, señor. Solo me preocupo por Ivanna, y su hijo. Sé cuánto los aprecia.
Que no es mentira, y se lo demuestro mientras me mira fijamente. No me cree, pero no tengo razones para inmutarme por su suspicacia.
—Las reuniones de esta tarde pásalas para la siguiente semana, debo estar varios días fuera... —dice, cuando se convence al fin de ir al grano con lo que quiere.
«Aleluya. Mis plegarias fueron escuchadas».
—No esperaba otra cosa —canturreo en voz baja, sin poder evitarlo, al recordar que estaba hablando antes con Sean Robinson.
—¿Cómo?
«Ay mierda».
Lo vuelvo a mirar con expresión inocente. Escondo mi fastidio por todo el tema que lo lleva a Boston cada vez, porque la verdad es que necesito un descanso y él, con su viaje inesperado, me otorgará unas mini vacaciones.
Las que estaba manifestando.
—Que no haré otra cosa. Ya conozco sus costumbres, señor.
Apoya los codos sobre la mesa y me observa. Es evidente que no se cree mucho mi aclaración.
—Claro que no —murmura y suena irónico—. Los contratos con Alccor & Co. están en su punto más complicado, así que con ellos debe haber prioridad. Llámalos y asegúrate de que entienden el retraso.
—Ahora mismo lo hago, señor.
«Con todo gusto, si eso hace que te vayas lejos por unos días».
Creo que sonrío sin poder controlar mi boca. Ya casi que puedo sentir la suavidad de mi sofá debajo de mí.
—¿Algo que compartir conmigo?
Me desconcierta su pregunta y lo miro. Al ver su atención al completo puesta en mí, levanto una ceja.
—No, señor. No sé a qué se refiere.
Veo en su expresión que quiere insistir, pero está claro que lo deja pasar cuando vuelve a concentrarse en sus órdenes.
—El resto de reuniones, como ya ordené, reorganízalas. Sin embargo, los informes de los gerentes los quiero en mi correo como todas las semanas. ¿Tengo algún evento esta semana?
Asiento. Me las sé de memoria, para mi total consternación.
«No es que no tenga vida aparte de él, no».
—Una invitación el martes en la noche, a una gala benéfica que se desarrolla en el MoMA. Y otra el viernes, una invitación exclusiva para una premier en Broadway.
Puras invitaciones elegantes, y pomposas, para el tipo más insoportable de todos.
—Envía mis disculpas anticipadas por la ausencia. A la gala benéfica acompáñala con un cheque, como siempre. A la premiere, ocúpate de hacerles llegar arreglos florales al elenco, junto con una tarjeta...
«Nada nuevo».
Lo miro, sabiendo lo que viene. Oculto la sonrisa que quiero mostrar.
—¿Con el sobre de papel marfil, cerrado con el sello de cera con sus iniciales? —pregunta, recitando las indicaciones de siempre. Aston no responde, así que continúo—: ¿Con la tinta azul marino, jamás negra, porque la negra es de funeral?
La seguridad que me abruma ahora mismo, es escasa desde que trabajo para él. Por eso la disfruto.
Una sutil manera de burlarme de su escrupulosa perfección.
—Y la fecha, en números romanos, por supuesto. Para que no crean que el señor Myers envía tarjetas comunes. —Aston se reclina y cruza una pierna sobre la otra. Sus dedos tamborilean sobre el reposabrazos y tengo que bajar la mirada para evitar mostrarle la sonrisa que cada vez es más difícil de ocultar—. También debo asegurarme de que el director esté mencionado primero, después los actores principales y, al final, “el resto del elenco”… sin sonar ofensiva, claro.
Se queda viéndome por más tiempo del que debe. Estoy clara que sabe muy bien que me estoy burlando de sus estrictas estupideces.
—Ya sabe cómo hacerlo —dice al fin, con tono seco, y devuelve su atención a los papeles que tiene delante.
—Desde luego, señor Myers —respondo.
—Eso es todo. Puedes retirarte.
Asiente y salgo sin decir nada más.
En cuanto cierro la puerta detrás de mí, celebro en silencio. Muevo mis brazos arriba y abajo, con ansias, con la energía que ya ni siquiera sabía que tenía, y grito en silencio, porque no creo que a Lucifer le guste mucho escucharme.
Dando saltitos voy hasta mi escritorio, ya olvidado ese café que quería, y me dispongo a cumplir todas esas estúpidas órdenes de Aston para poder irme en cuanto él se vaya.
Llamo al piloto, le doy todas las indicaciones y espero su confirmación. Luego voy cumpliendo una por una las instrucciones que me dio el demonio de mi jefe.
Con todo resuelto, me recuesto en mi silla, y sonrío.
«Tengo que llamar a Margo».
La línea suena solo una vez, antes de que la voz enérgica de mi amiga se escuche del otro lado.
—¿Te despidieron acaso, que me estás llamando en horario de trabajo? —Su saludo risueño me provoca un escalofrío.
—Cállate los ojos, carajo —bromeo—. Y no, no me han despedido, pero por fin podré tener libertad unos días, Margo. Lucifer se va de viaje, me ha dejado solo unas pocas indicaciones que puedo hacer con los ojos cerrados. Esto merece un vino, ¿verdad?


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