Juliette Moreau
»Procura no fallar. Ese trabajo tiene que ser tuyo. Ya sabes cómo actuar.
Las manos me tiemblan mientras leo el mensaje que me acaba de llegar.
No es suficiente que sienta el sudor recorriendo todo mi cuerpo mientras avanzo por el lobby reluciente de esta inmobiliaria de alto nivel, Albert Myers tiene que hacerme la vida de cuadros justo antes de la entrevista.
Respiro profundo y trato de no hacer caso al temblor que no puedo controlar. No puedo mostrarme nerviosa si de verdad quiero este empleo, pero eso parece ignorarlo el tipo que me obliga a estar aquí.
El café en mi mano se siente tibio, casi frío, pero no puedo tomarlo. Si lo hago, probablemente termine vomitándolo poco después, entre la ansiedad que me consume y los retortijones de mi estómago. Por esa misma razón, ni siquiera consideré el desayuno.
«Aunque tampoco tengo apetito. No lo he tenido desde que él se la llevó».
Avanzo hasta al ascensor, sin mirar siquiera por dónde voy. Solo estoy pendiente de la hora, y de ese mensaje que sigue presente en la pantalla de mi móvil, recordándome que no puedo fallar.
Estoy aquí para conseguir el empleo. Tengo que ser la secretaria de Aston Myers, el CEO de esta inmobiliaria, un hombre de aspecto enigmático, mirada despiadada y humor inexistente.
El hijo pródigo del maldito que me tiene amenazada.
«Sin presiones», susurro irónicamente.
Levanto la mirada y veo las puertas del ascensor abiertas. Un vistazo a mi reloj me avisa que ya debo subir o llegaré tarde.
Corro. No puedo quedarme aquí y esperar a que vuelva a bajar esta caja metálica. Casi entro en pánico al ver que las puertas se están cerrando.
—¡No cierren! —grito, con desesperación.
Por un milagro de Dios, veo que una mano cumple mi desesperada orden y suspiro, todavía intentando llegar. En cuanto pongo un pie dentro, ni siquiera puedo celebrar la pequeña victoria. Choco con un cuerpo duro como piedra, y tanto el café, como mi móvil, caen a mis pies.
«Maldición»
Oculto mis lágrimas, que ahora no son bienvenidas, murmurando en voz baja una y otra vez lo desafortunado de este suceso. Reviso con algo de pánico mi ropa, la ropa de los demás presentes que alcanzo a ver sin mayor detalle.
Alguien se agacha para ayudarme con mi móvil y se me escapa una mueca de resignación cuando veo una humedad reciente en su chaqueta.
«Este día no puede empeorar, carajo».
—Dios mío, le pido disculpas, yo no sé qué pasó y… —Levanto la mirada, y unos ojos tan negros como la noche están fijos en mí, con una seriedad que me pone los pelos de punta.
«No puede ser. No puede ser».
Mi suerte no puede ser esta.
¿Cómo es posible que me encuentre con mi objetivo en este ascensor, le tire el café encima y, para colmo, él sea quien se agache para entregarme el teléfono?
El pánico me invade. Miro el teléfono que me entrega. Tiene la pantalla hacia abajo, pero eso no es garantía de nada.
Acepto mi móvil, con una mano temblorosa.
«¿Será que vio el mensaje?».
—Lo siento, yo puedo pagarle la tintorería si considera que… —me callo cuando lo veo levantar una ceja.
Una estúpida y atractiva ceja que lo pone todo peor, porque me demuestra que mis esperanzas de que fuera un hombre agradable, se esfuman.
Me mira de arriba abajo, como buscando en mi ropa la confirmación de que puedo pagar el puto lavado de su traje hecho a medida.
«Idiota».
Me arrepiento mil veces de haberle dicho semejante cosa. Es evidente que es un clasista insoportable.
—No hace falta, señorita…
—Moreau —digo, casi en contra de mi voluntad, pero me obligo a hacerlo.


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