Perspectiva de Ella
Alexander miró el talismán con el ceño fruncido. Vibraba levemente cuando lo acercaba a su pecho, justo donde la maldición se había concentrado alrededor de sus pulmones, pero fuera de eso permanecía completamente quieto.
—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.
—Sí. Completamente.
Presioné el talismán contra su palma y cerré sus dedos alrededor de él, echando un vistazo a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos estuviera observando.
—Compruébalo tú mismo si no me crees. Te juro que sentí cómo vibraba cuando Gabriel pasó a mi lado.
Alexander vaciló por un instante, pero finalmente asintió.
—Espera aquí. Ya vuelvo.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y regresó hacia donde tenían retenido a Gabriel. Alcancé a oír voces a lo lejos y, poco después, el chirrido de una celda al abrirse. Luego, silencio.
Unos minutos después, Alexander volvió.
—No deberíamos hablar aquí. La gente se preguntará qué hago hablando con una Omega en las celdas. Ven a mi despacho en cuanto puedas —dijo—. Allí hablaremos.
Su expresión tensa confirmó mis sospechas.
El talismán sí había reaccionado a la presencia de Gabriel.
De algún modo, el ex Beta estaba rodeado de magia oscura. Pero no tenía sentido.
Gabriel no estaba afectado por la maldición de ninguna manera… ¿verdad?
Alexander se dirigió a su despacho, y yo esperé un rato antes de seguirlo, usando como pretexto llevarle té. Cargué la bandeja hasta la puerta, donde Hunter estaba de pie, como de costumbre.
—Le traigo té al Alfa —dije, haciendo una pequeña reverencia ante el Beta.
Los ojos de Hunter recorrieron mi rostro y luego bajaron hasta la bandeja.
—Yo se lo llevaré.
—Pero…
—Déjala pasar, Hunter.
La voz de Alexander llegó desde el otro lado de la puerta.
Se me tensó la mandíbula al recordar con amargura los días en que podía entrar al despacho de mi propia pareja sin tener que pedir permiso. Habían durado demasiado poco.
El Beta pareció un poco molesto, pero obedeció y abrió la puerta. Entré y, con un gesto de Alexander, Hunter cerró la puerta detrás de mí, dejándonos solos.
Caminé hasta el escritorio y dejé la bandeja.
—¿De verdad quieres un poco? —pregunté.

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