—¡N-No, claro que no! —tartamudeó Gabriel.
Nunca lo había oído hablar así. Patético.
—Y-Yo solo quería llevarla hasta la escena del crimen. ¡Pensé que, si veía el fuego, entraría en pánico y se entregaría!
—Pero se puso de parto prematuramente —respondí—. Y la única persona que estaba allí era Sophia, a quien tú enviaste. Ella me dijo que le ordenaste estar allí a esa hora. ¿Es verdad?
—Sí.
Gabriel volvió a bajar la cabeza.
—Para entonces ya llevaba un tiempo trabajando con Sophia. Le dije que esperara allí, con la esperanza de que se encontrara con Ella y lograra convencerla de entregarse. Pero nunca imaginé que todo lo demás que ocurrió… llegaría tan lejos.
—¿Ah, sí?
Incliné la cabeza mientras lo estudiaba. El Beta que alguna vez había sido altivo y obstinado ahora parecía pequeño e indefenso. Como una rata atrapada.
—¿Y para quién trabajabas en ese entonces? Sophia me dijo que después empezaste a actuar por tu cuenta. Que quizá estabas recibiendo órdenes de alguien más.
Esperaba que Gabriel me lo contara todo. Que me dijera quién era su verdadero empleador, tal como había confesado todo lo demás. A pesar de todo, Gabriel no era estúpido. Sabía que estaba acorralado y que su única salida era decir la verdad.
Pero me equivoqué.
Gabriel guardó silencio.
—¿Gabriel?
Di un paso hacia él y levanté el puño, esperando intimidarlo lo suficiente para que hablara.
—¿Para. Quién. Trabajabas?
—No puedo decírtelo —susurró.
—¿Por qué no?
Lo agarré por la camisa, listo para golpearlo de nuevo si hacía falta.
Negó con la cabeza.

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