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La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma romance Capítulo 354

Perspectiva de Ella

Me puse de pie de un salto y apreté contra mi pecho la caja de metal vacía.

Estaba vacía. Alguien había robado los artefactos mientras dormíamos. Y, en el fondo, ya sabía quién podía haber sido.

—Margaret —dije, volviéndome hacia Lilith.

Alexander la ayudaba a ponerse de pie. Todavía se tambaleaba por los efectos de lo que fuera que nos habían hecho para dejarnos inconscientes.

—Debió seguirnos hasta aquí. Debió saber que nosotros la llevaríamos directamente hasta los artefactos.

Los tres nos quedamos en silencio mientras la gravedad de lo ocurrido nos golpeaba de lleno.

Los artefactos habían desaparecido. Y yo acababa de revelarle a Alexander toda la verdad sobre la maldición.

Las lágrimas me llenaron los ojos de inmediato, nublándome la vista mientras imágenes de Alexander tendido en una cama de hospital, igual que Liam, se sucedían en mi mente.

“¿Acabaría teniendo el mismo destino que mi amigo?”, me pregunté. “¿O sería algo todavía peor? ¿Más brutal? ¿Más rápido?”

¿Un conductor ebrio que perdiera el control? ¿Un infarto repentino, de esos que matan antes de que los médicos siquiera tengan tiempo de llegar? ¿O tal vez un rayo que cayera directamente del cielo?

El destino siempre había sido cruel conmigo, tanto en mi primera vida como en esta segunda oportunidad. No podía arriesgarme a que hiciera cualquiera de esas cosas con la persona que más amaba.

Porque sabía que todas eran posibles.

Y más.

—Bueno, no nos adelantemos —dijo Lilith, apartándose de Alexander—. Primero busquemos bien. Tal vez haya otra explicación. ¡Quizá sigan aquí!

Sus palabras hicieron muy poco por aliviar el nudo de angustia que tenía en el pecho, pero necesitaba aferrarme a la posibilidad de que tuviera razón.

Durante la siguiente media hora, registramos el búnker de arriba abajo, prácticamente destrozándolo en nuestra desesperación por encontrar los artefactos.

Volteamos las estanterías, arrancamos la ropa de cama podrida del pequeño catre e incluso sacamos piedras sueltas de las paredes, como si los artefactos hubieran cobrado vida y se hubieran escondido en algún rincón.

Pero por más que buscamos, no aparecieron.

Cuando finalmente salimos del búnker, estábamos agotados y cubiertos de tierra y telarañas, pero seguíamos con las manos vacías.

Y después de registrar el bosque hasta que los primeros rayos pálidos del amanecer comenzaron a asomarse en el horizonte, seguíamos sin encontrar nada.

Para cuando abandonamos la finca quemada, prácticamente habíamos volteado cada roca cubierta de musgo, cada viga caída y cada árbol muerto.

Nada.

Los artefactos se habían esfumado.

Pero todos sabíamos que tenía que haber sido Margaret.

No se nos ocurría nadie más que estuviera buscando los artefactos ni que supiera cómo obligarnos a dormir con una simple orden.

Sonaba completamente absurdo, sobre todo porque yo misma no había creído en nada de aquello hasta hacía apenas unos meses.

Pero tenía que ser brujería.

A pesar del agotamiento, Alexander condujo directamente hasta la nueva casa de mi padre y Margaret.

Mantuvo una mano sobre la mía durante todo el trayecto y apretó tanto la otra alrededor del volante que los nudillos se le pusieron blancos.

Diosa, cuánto deseaba poder olvidarme de todo aquello y simplemente estar con él esa noche.

Quería que todo terminara de una vez. Quería acurrucarme con él en la cama, como debíamos haberlo hecho desde el principio, y volver a sentirlo cerca de mí de todas las formas posibles: en cuerpo, espíritu y alma.

Pero esta maldita maldición tenía otros planes.

Hasta que los artefactos fueran destruidos, no podía descansar.

No podía permitirme disfrutar del calor de los brazos de mi pareja a mi alrededor mientras existiera la posibilidad de que algo pudiera arrebatármelo.

Mientras conducíamos, cada bache y cada curva me hacían dar un respingo.

No dejaba de imaginar un camión perdiendo el control en una esquina y estrellándose de frente contra nosotros. O un ciervo apareciendo de repente en la carretera y haciendo que Alexander perdiera el control del vehículo.

Por suerte, no ocurrió nada.

Todavía.

Cuando llegamos a la lujosa mansión con vistas al territorio de Stormhollow —comprada, sin duda, con el dinero del seguro del incendio—, todo estaba a oscuras.

Pero todavía era muy temprano. Supuse que estarían dentro, durmiendo.

Alexander ni siquiera se molestó en tocar.

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