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La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma romance Capítulo 353

Y el vínculo se abrió de golpe, como una presa que acabara de reventar.

Me aferré a él y volqué todo el amor que me quedaba en aquel beso. Aunque fuera el último, aunque el universo decidiera separarnos cruelmente por culpa de la maldición, quería que aquel beso fuera el más hermoso, el más importante de nuestras vidas.

Cuando por fin nos separamos para tomar aire, ambos jadeando, Alexander apoyó la frente contra la mía.

—Ella… Mi Ella…

—Quería decírtelo —logré decir con la voz quebrada, mientras un sollozo me cerraba la garganta—. Estuve a punto de hacerlo tantas veces… Pero tenía miedo de que terminaras como Liam. O peor. No habría soportado que te pasara algo. Ya no soporto ver lo que le está pasando a Liam.

—Podrías haber confiado en mí. Yo habría podido ayudarte.

Alexander me rodeó con los brazos y me atrajo hacia su pecho, dejándome llorar contra su camisa.

—Ella, habría ido hasta el fin del mundo para ayudarte a romper esta maldición. No tenías por qué cargar con todo esto tú sola.

No pude responder. Solo seguí llorando contra su pecho, aferrándome a él como si fuera mi único salvavidas en medio de un mar embravecido. Él me sostuvo con fuerza mientras me acariciaba la espalda con movimientos lentos y tranquilizadores.

Cuando finalmente nos separamos, me limpié las lágrimas y levanté la mirada hacia él.

—Te amo —conseguí decir—. Cargaría con esta maldición por el resto de mi vida si eso significara mantenerte a salvo.

Los ojos de Alexander se humedecieron, pero parpadeó rápidamente y volvió a tomarme el rostro entre las manos. Su pulgar recorrió con suavidad mi pómulo mientras me observaba en silencio durante unos segundos.

Finalmente, asintió y tomó mi mano.

—Veamos qué hay en esos artefactos, ¿sí? Me gustaría seguir con vida, si es posible.

Soltó una risa irónica.

—Estoy seguro de que Liam opina lo mismo.

Asentí y me limpié las mejillas húmedas con el dorso de la mano antes de girarme. Mi madre también tenía lágrimas corriendo por el rostro y no dejaba de retorcerse las manos.

Alexander le hizo una pequeña reverencia.

—Es un placer conocerla, señora. Espero que no le moleste que le pida la mano de su hija.

Lilith soltó una risa entre lágrimas.

Sentí que el corazón se me encogía al pensar en Anya, pero esa era una conversación que tendría que esperar. Por ahora, teníamos una maldición que romper.

Sin perder más tiempo, los tres bajamos por la destartalada escalera de metal hasta el sótano.

El lugar estaba húmedo y oscuro, y olía a moho. Los viejos muros de piedra comenzaban a desmoronarse en algunos puntos. Había estanterías repletas de conservas y otros suministros, además de un pequeño catre en una esquina.

—Parece un refugio para el fin del mundo —comentó Alexander, arrugando la nariz mientras echaba un vistazo alrededor—. Solo que nadie llegó a usarlo.

Lilith señaló un baúl de metal escondido debajo del catre.

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