Fruncí los labios mientras seguía buscando.
—Podría estar enterrado en cualquier parte. Debimos haber traído una pala.
El suspiro de mi madre dejó claro que pensaba lo mismo.
Pero mientras continuábamos buscando, empecé a darme cuenta de que aquel lugar me resultaba familiar. No era solo porque hubiera pasado años viviendo allí, como quien reconoce el patio de su propia casa. Era algo distinto. Algo… más profundo.
Recordé las tardes que pasaba jugando en aquel bosque cuando era muy pequeña, mucho antes de que mi padre y Margaret me obligaran a quedarme dentro de la casa y a dedicarme a actividades más “propias de una dama”. Eran tardes soleadas en las que me sentía sola y no tenía con quién jugar.
Solía adentrarme en el bosque para jugar en un pequeño claro detrás de la casa. Se llegaba hasta allí por un estrecho túnel entre los arbustos, probablemente uno de esos senderos que los ciervos usaban para refugiarse durante la noche.
Parecía una idea absurda, pero era mejor que no tener ninguna pista. Si el diario de Margaret decía que los artefactos eran más poderosos debido a su conexión conmigo, quizá por eso me había sentido atraída hacia aquel lugar desde el principio.
Le hice una seña a mi madre para que me siguiera y me dirigí hacia donde recordaba vagamente que estaba el claro. Había pasado tanto tiempo que me costaba distinguir los detalles, pero poco a poco fui reconociendo el camino: primero, un roble en particular junto al que solía pasar; después, un pequeño arroyo que ahora estaba seco, aunque su cauce todavía podía verse; y, por último, una enorme roca cubierta de musgo.
—Aquí —dije, agachándome junto a la maleza.
En efecto, el pequeño túnel seguía allí. Los animales debían de seguir utilizándolo incluso ahora. Me puse a cuatro patas y me arrastré rápidamente por debajo de los arbustos.
Al salir al claro, una cierva y sus dos cervatillos se sobresaltaron y se pusieron de pie de un salto. Los tres se internaron en la oscuridad sin hacer apenas ruido.
—¿Qué es esto? —preguntó Lilith, frunciendo el ceño mientras me ayudaba a incorporarme.
—Solía jugar aquí cuando era pequeña.
Me sacudí la ropa y miré a mi alrededor.
—No lo sé. Pensé que quizá podría darnos alguna pista…
—Puede que tengas razón.
Los ojos de mi madre se iluminaron.
—Yo también solía jugar aquí cuando era niña. Quizá las dos nos sentíamos atraídas por este lugar por alguna razón. De hecho, creo que podría recordar…
La observé con las cejas levantadas mientras cruzaba el claro a toda prisa, apartando hojas húmedas y ramas con las manos desnudas. Escarbó la tierra durante un rato, murmurando para sí misma, hasta que de pronto se incorporó de un salto.
—¡Ajá!


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