Más importante aún, sabía que el vestido de Stella para la ceremonia probablemente ya estaría en su armario: perfectamente planchado, protegido y listo para el gran día.
Todo lo que Sophia tenía que hacer era asegurarse de que nunca pudiera usarlo.
Se vistió con ropa oscura: unos leggings negros, una sudadera del mismo color y unas zapatillas silenciosas que no dejarían rastro sobre los suelos recién encerados.
Después tomó unas tijeras para tela del costurero de su madre y salió de la finca familiar sin que nadie la notara.
El trayecto hasta la casa de Alex apenas le tomó veinte minutos, igual que siempre.
Aparcó a cierta distancia. No quería arriesgarse a que alguien reconociera su coche habitual. Luego hizo el resto del camino a pie, manteniéndose entre las sombras hasta llegar a la propiedad.
Para cuando llegó, la casa estaba casi completamente a oscuras, aunque todavía quedaban algunas luces encendidas.
Por suerte, la zona de las habitaciones del personal estaba tranquila.
Entrar fue mucho más sencillo de lo que debería haber sido.
Una de las puertas laterales tenía una cerradura defectuosa. Sophia se lo había señalado a Alex varias veces, pero él nunca se había molestado en arreglarla.
Con cuidado, consiguió abrirla y se deslizó dentro, cerrando la puerta detrás de ella sin hacer ruido.
Avanzó por los pasillos con la seguridad de alguien que conocía aquella casa de memoria. Evitó las tablas del suelo que sabía que crujían, pasó junto a las habitaciones donde aún se filtraba luz por debajo de las puertas y continuó avanzando hasta llegar al ala del personal.
Allí se detuvo unos segundos para orientarse.
Estaba casi segura de que la habitación de Stella era la tercera puerta a la izquierda.
Lo sabía porque había visto a aquella perra entrar y salir de allí en más de una ocasión.
Probó el picaporte.
La puerta se abrió.
Qué ingenua.
Dejar su habitación sin llave de esa manera era casi una invitación.
Aunque, pensándolo mejor, probablemente Stella ni siquiera imaginaba que alguien pudiera querer hacerle daño.
Seguramente creía que todos la adoraban.
Igual que, aparentemente, lo hacía Alex.
Sophia entró y cerró la puerta detrás de ella.
La habitación era pequeña y sencilla: una cama, una cómoda, un escritorio y un armario diminuto.
La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando lo suficiente para que pudiera moverse sin problemas.
Por suerte, la cama estaba vacía.
Por un instante se preguntó dónde estaría Stella.

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