Perspectiva de Ella
Unos días después anunciaron la segunda prueba de la Prueba de Luna: etiqueta.
—No sé qué tan bien me irá —dijo Anya mientras practicaba una reverencia frente al espejo de mi habitación—. Nunca he recibido entrenamiento de verdad. Solo aprendí lo básico con mi mamá.
—Si quieres, puedo enseñarte algunos trucos —le ofrecí sin darle demasiada importancia mientras mecía a Lucien, que dormía entre mis brazos.
Anya se volvió hacia mí, sorprendida.
—¿De verdad?
Asentí.
—¿Tú sabes de etiqueta?
Casi me hizo gracia la pregunta.
Claro que sabía.
Mi padre se había encargado de que aprendiera desde muy pequeña. Si algún día iba a ser Luna, tenía que saber hacer una reverencia, servir el té, sostener los cubiertos correctamente y dominar todas esas pequeñas reglas que, según él, venían con el puesto.
Mientras otras niñas jugaban en el pasto y trepaban a los árboles, yo pasaba horas practicando cómo caminar con un libro sobre la cabeza, intentando convertirme en una Luna pequeña y perfectamente educada.
Y todo ese esfuerzo no había impedido que mi querido padre ni siquiera se molestara en aparecer en mi funeral.
Aparté aquel recuerdo. Ya no tenía caso darle vueltas.
—He aprendido unas cuantas cosas con los años. Ven, te enseñaré.
Pasé el resto del día enseñándole a Anya todo lo que recordaba. Para cuando terminamos, había mejorado bastante y estaba tan entusiasmada que no dejaba de hablar de cuánto iba a practicar antes de la prueba.
Un par de semanas después llegó el día de la segunda competencia.
Yo no pensaba esforzarme demasiado. Con un par de errores me bastaría para quedar eliminada: un tropiezo aquí, un poco de té derramado allá, quizá una postura no tan perfecta. Y si, por alguna razón, conseguía pasar a la siguiente ronda, siempre podía retirarme entonces. Al menos ya sabía que no tendría que aguantar mucho más.
Las demás concursantes no parecían tenerlo tan claro. Apenas entraron al Salón de banquetes, comenzaron a cuchichear entre ellas, repasando la manera correcta de hacer una reverencia o discutiendo sobre qué tenedor correspondía a la ensalada.
—Esto va a ser facilísimo.
Reconocí la voz antes de mirar hacia las ventanas.
Sophia estaba allí, rodeada por varias de sus admiradoras. Eran muchas menos que durante la primera prueba.
—He hecho esto toda mi vida. Miren.
Tomó un libro y se lo colocó sobre el elaborado recogido que llevaba. Después empezó a caminar con toda tranquilidad, hizo una reverencia impecable y hasta se agachó para recoger algo del suelo sin que el libro se moviera.
Las otras chicas soltaron exclamaciones de admiración.
Cuando Sophia volvió a ponerse de pie, su mirada se cruzó con la mía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma