Perspectiva de Ella y Gabriel
Perspectiva de Ella
Alexander y yo habíamos cruzado una línea de la que ya no había vuelta atrás.
Una parte de mí esperaba despertar y descubrir que se había marchado, que la culpa o el arrepentimiento por lo ocurrido la noche anterior lo habían llevado a alejarse incluso antes de que yo abriera los ojos. Pero seguía allí.
Podía sentir el calor de su cuerpo pegado a mi espalda, su brazo rodeando mi cintura y su mano descansando con una suavidad inesperada sobre la curva de mi vientre, mientras los primeros rayos del sol de la mañana se colaban en la habitación.
Con cuidado de no despertarlo, me giré lentamente entre sus brazos para mirarlo. Solo necesitaba comprobar que era real, que todo lo que había pasado la noche anterior no había sido una fantasía creada por mi propia mente.
Pero apenas terminé de girarme, descubrí que ya estaba despierto.
Sus ojos verdes estaban abiertos, fijos en mí, como si hubiera estado esperando ese momento.
—Ella, sobre lo de anoche...
El corazón se me hundió.
Ahí estaba. El momento que tanto temía.
La parte en la que me decía que se había equivocado. Que lo que había ocurrido entre nosotros no significaba nada. Que, al final, solo había sido otro impulso provocado por el vínculo, por la situación, por la necesidad de mantener las apariencias.
Otro recordatorio doloroso de que yo seguía siendo una pieza dentro de su estrategia.
—¿Qué pasa con eso? —pregunté, intentando que mi voz no delatara el nudo que tenía en la garganta.
Alexander abrió la boca, pero las palabras no llegaron. Lo intentó una vez más, y luego otra, hasta que finalmente apartó la mirada y negó con la cabeza.
—Nada.
Nada. No sabía qué era peor: que admitiera que había sido un error o que simplemente dejara todo en el aire.
Porque ahora más que nunca, todo entre nosotros parecía imposible de descifrar. Confuso. Incierto. Lleno de señales contradictorias.
Y aun así...
También era maravilloso.
Por ahora, aquella falta de respuestas era casi un refugio. Significaba que todavía existían posibilidades. Que esto podía convertirse en algo más... o que podía romperse en cualquier momento.
Durante unos segundos preciosos, me permití imaginar que esta vez sería diferente. Que quizá, por una vez, daríamos un paso hacia adelante.
Alexander empezó a acercarse poco a poco, y por un instante pensé que iba a besarme. Que tal vez iba a decir algo que confirmara todas esas esperanzas que no me atrevía a admitir.
Pero entonces la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
—Alfa, el equipo de transición quiere reunirse a las...
La voz de Gabriel murió en mitad de la frase cuando nos vio enredados en la cama.
Sentí cómo la furia me subía por el pecho.
Ya era suficiente.
Estaba agotada de sus interrupciones constantes, de su manera de cruzar límites como si tuviera derecho a entrar en cualquier parte de nuestra vida, de esa falta absoluta de respeto.

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