Sentí entonces una mano cálida deslizarse sobre la mía, sus dedos entrelazándose con los míos.
—Oye —murmuró Alexander con suavidad—. ¿Estás bien?
Abrí los ojos lentamente.
Alexander estaba agachado frente a mí, junto a la silla, y de alguna manera seguía viéndose increíblemente atractivo incluso después de horas de conversaciones políticas y sonrisas falsas. Tenía la corbata ligeramente aflojada, y algunos mechones de su cabello rojizo habían caído sobre su frente.
Pero no fue su apariencia lo que hizo que contuviera el aliento.
Fueron sus ojos.
Sus intensos ojos verdes me miraban con una mezcla de preocupación y ternura que no esperaba ver en él. Había algo cálido en su expresión, algo que me hizo olvidar por un instante dónde estábamos.
El vínculo entre compañeros despertó de repente.
Sin advertencia, una oleada de emociones cruzó entre nosotros, demasiado intensa, demasiado peligrosa. En aquel estado entre el sueño y la vigilia, con mis defensas completamente bajas y mi corazón demasiado vulnerable, no pensé en contratos.
Ni en política.
Ni en la mentira que se suponía que estábamos representando.
Solo reaccioné por instinto.
Levanté una mano y atraje su rostro hacia el mío.
Mis labios encontraron los suyos con todo el deseo y todo el anhelo que había intentado esconder durante meses.
Alexander dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa contra mi boca, pero no se apartó.
Al contrario.
Su mano libre subió hasta sostener mi rostro con delicadeza mientras me devolvía el beso con la misma intensidad, como si también hubiera estado conteniéndose durante demasiado tiempo.
Durante aquel instante, todo lo demás desapareció.
La música.
Las voces.
La multitud a nuestro alrededor.
Solo existíamos él y yo, unidos por la corriente ardiente del vínculo que chispeaba entre nuestras almas.
Solo existía el sabor de sus labios, el calor de su cuerpo y la sensación imposible de estar tomando aquello que había deseado durante tanto tiempo.
***
Perspectiva de Sophia
Sophia observó desde el otro extremo del salón mientras Alex besaba a Ella con una intensidad capaz de hacer arder toda la habitación.
La escena le revolvió el estómago.
Así que era verdad.
¿Realmente estaban enamorados?
Durante todo ese tiempo, Sophia se había repetido una y otra vez que aquello era solo una actuación. Que Alexander únicamente estaba interpretando su papel frente a las cámaras y los miembros de la manada. Que, en el fondo, todavía quedaba algo entre ellos.
Que ella seguía importándole.
Que el castigo que había impuesto a su familia solo había sido una reacción momentánea.
Pero aquel beso…
No había nada falso en él.
Nada fingido.
Nada temporal.

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