Perspectiva de Ella y Alexander
Perspectiva de Ella
El examen de la doctora Evelyn fue exhaustivo. Revisó mi pulso, mis reflejos, mi presión arterial e incluso la marca reciente en mi cuello. Cada resultado era mejor que cualquier cosa que hubiera visto en los últimos meses.
—El regreso de tu loba ha revertido por completo los efectos del letargo —explicó mientras anotaba los resultados en su tablilla—. Tu ritmo cardíaco volvió a la normalidad, tu presión es estable y el embarazo parece estar desarrollándose sin problemas. El marcaje funcionó exactamente como esperábamos.
No podía dejar de sonreír.
Por primera vez en meses, sentía que volvía a ser yo misma.
Solo que ahora había algo más.
Una presencia que siempre había estado conmigo, pero que había extrañado más de lo que imaginaba.
Ese latido constante en mi pecho que no era completamente mío, sino el vínculo con mi pareja.
—Por fin —ronroneó mi loba dentro de mi mente, estirándose como si acabara de despertar de una larga siesta. Lo cual, técnicamente, era verdad—. Ya empezaba a pensar que nunca ibas a arreglar las cosas.
—Desapareciste durante meses —le respondí mentalmente. Volver a escuchar su voz después de tanto tiempo era como ponerse de nuevo una vieja prenda favorita que creía perdida—. Pensé que te habías ido para siempre.
—Estaba protegiéndonos. Era mejor permanecer dormida que seguir viviendo una vida en la que nuestra pareja se negaba a marcarnos.
Incluso después de meses dormida, su tono arrogante seguía intacto.
—Pero mira qué bien salió todo. Ahora estamos marcadas y tenemos un cachorro en camino.
—Eres demasiado dramática.
—Prefiero llamarlo "tener una visión estratégica".
No pude evitar sonreír.
La doctora Evelyn terminó la revisión y finalmente me entregó un certificado de buena salud.
—Todo está perfecto, Luna Ella. Tú y el bebé deberían estar completamente bien a partir de ahora.
El bebé.
Nuestro bebé.
El bebé de Alexander.
***
Mientras Lilith nos llevaba de regreso a la mansión, la euforia de haber recuperado a mi loba empezó a disminuir poco a poco, dejando espacio para pensamientos más complicados.
Sí, Alexander me había marcado.
Sí, había salvado la vida de nuestro hijo y había curado mi enfermedad.
Pero eso no significaba que me amara.
Mis dedos rozaron la marca fresca en mi cuello, todavía sensible por la mordida de Alexander.
Lo había hecho por responsabilidad.
Por deber.
No por amor.
Él mismo me lo había dejado claro cuando mencionó el contrato justo antes de marcarme.
No podía olvidarlo.
No podía volver a romperme el corazón imaginando sentimientos que quizá no existían.
Pero, a pesar de todo, una parte de mí seguía sintiéndose feliz.
Porque ahora podía conservar a nuestro bebé.

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