Perspectiva de Ella
Estaba recostada sobre la mesa de exploración, cubierta con una bata de hospital, con los pies apoyados en los estribos mientras me quedaba mirando las baldosas del techo.
Intentaba convencerme de que estaba haciendo lo correcto.
La doctora Evelyn me había explicado que, al estar en una etapa tan temprana del embarazo, el procedimiento sería rápido y relativamente sencillo. En unas horas podría volver a casa y seguir con mi vida como si nada hubiera pasado.
Como si aquella pequeña vida dentro de mí nunca hubiera existido.
"¿De verdad quería eso?", me pregunté.
—¿Estás lista, Ella? —preguntó la doctora Evelyn mientras se ajustaba un nuevo par de guantes.
Abrí la boca para responder que sí.
Pero la palabra nunca llegó a salir.
Porque en ese instante solo podía pensar en la vida que crecía dentro de mí.
En ese pequeño cachorro que tendría una mezcla de los rasgos de Alexander y los míos.
En las cenas familiares que nunca tendríamos.
En los cuentos antes de dormir.
En sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus primeras sonrisas.
Todos esos momentos que jamás llegaría a conocer.
—¿Ella? —Lilith apretó suavemente mi mano.
La miré, pero sentía la garganta cerrada.
—Yo… —Tragué con dificultad, sintiendo que apenas podía respirar—. No puedo.
Mi voz salió apenas como un susurro al principio.
Luego, más fuerte:
—No puedo hacer esto.
Me incorporé de golpe y bajé las piernas hacia un lado de la mesa de exploración.
La bata del hospital apenas cubría mi cuerpo, pero ya no me importaba.
Solo necesitaba salir de allí.
—Ella, espera —dijo la doctora Evelyn mientras yo bajaba apresuradamente de la mesa—. Deberíamos hablar de esto antes de que…
—Ella, cariño, por favor —intervino Lilith.
Pero ya había abierto la puerta y estaba saliendo al pasillo.
Corrí descalza por el corredor con la bata ondeando detrás de mí, ignorando las miradas sorprendidas de las enfermeras y de los pacientes.
No me importaba nada.
Solo necesitaba alejarme de esa habitación.
Alejarme de aquella decisión que casi había tomado.
Cuando atravesé las puertas hacia la sala de espera, esperaba encontrar únicamente algunos pacientes esperando su turno.
Nunca imaginé encontrarlo a él.
Alexander estaba sentado en una de las sillas, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro enterrado entre las manos.
Mi corazón se detuvo.
—¡Alexander! —grité su nombre como si fuera la única cosa que todavía podía mantenerme de pie.
Él levantó la cabeza de golpe al escucharme.
Durante un instante, ninguno de los dos se movió.
Solo nos miramos desde extremos opuestos de la sala.
Y entonces dejé de pensar.
Corrí hacia él.
Me lancé a sus brazos.
Alexander se levantó de inmediato y me atrapó con facilidad, sujetándome contra su pecho mientras las lágrimas finalmente escapaban de mis ojos.
Enterré el rostro en su hombro, respirando ese aroma que ya conocía tan bien.
Ese aroma que, aunque quisiera negarlo, siempre había sentido como mi hogar.
—No pude hacerlo —sollocé contra su camisa—. Estaba ahí acostada y simplemente… no pude.
—Shh… —murmuró Alexander, rodeándome con más fuerza—. Está bien. No tienes que hacerlo.
Mis dedos se aferraron a su ropa.
—Pero el bebé… mi condición… No sé qué hacer.
Alexander se apartó apenas lo suficiente para tomar mi rostro entre sus manos.
Sus ojos verdes buscaron los míos con una intensidad que nunca había visto antes.
—Ella, mírame.
Obedecí.
—Encontré la prueba. Y el folleto. —Sus pulgares limpiaron mis lágrimas con cuidado—. No quiero que interrumpas el embarazo.
Mi respiración se detuvo.
—Quiero que criemos a este cachorro juntos.
Sentí que todo mi cuerpo se quedaba inmóvil.
—¿Tú… qué?
Alexander tragó saliva antes de continuar.
—Quiero marcarte. Completar nuestro vínculo como debió haber sido desde el principio. Quiero darte la familia que mereces.
Por un instante, una pequeña chispa de esperanza nació dentro de mí.
Una esperanza tan intensa que casi dolía.
Quizá finalmente había entendido lo que sentía.
Quizá aquella noche había significado para él tanto como para mí.
Quizá…
—Tendremos que extender nuestro contrato, por supuesto —continuó Alexander.
La esperanza se apagó de inmediato.
El contrato.
Claro.
Incluso ahora.
Incluso mientras hablaba de salvar la vida de nuestro hijo, Alexander seguía pensando en acuerdos y documentos.
No en amor.
No en nosotros.
No en la familia que podríamos construir porque realmente nos quisiéramos.
Pero al menos no me odiaba.
Al menos quería asumir su responsabilidad con nuestro cachorro.
Y, sobre todo, me estaba ofreciendo una oportunidad de salvar la vida de la pequeña criatura de la que ya me había enamorado.
—Sí —respondí sin dudar—. Sí, acepto.
Alexander sostuvo mi mirada.
—¿Estás segura?
Su voz era seria.
—Una vez que te marque, no habrá vuelta atrás. Estaremos unidos de por vida.
Pensé en la otra posibilidad.
En ver crecer a nuestro hijo sabiendo que su padre nunca nos había elegido.
O peor…
En no verlo crecer nunca porque ambos podríamos morir por esta enfermedad.
—Estoy segura.
Alexander asintió lentamente.
Después miró alrededor de la sala de espera.
Había varias personas allí, pero no pareció importarle.
—Esto puede doler —advirtió mientras llevaba sus manos hacia mi cuello.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma