Media hora después.
El coche se detuvo suavemente en el estacionamiento subterráneo.
Bajaron del vehículo.
Isa agarró de la mano a su papá, yendo a los brincos todo el camino, con una sonrisa de oreja a oreja que no podía ocultar.
Tomaron el elevador.
Al verlos, una de las empleadas de servicio se acercó a recibirlos.
—Señor Montes, señorita, bienvenidos.
David asintió secamente y le pidió que llevara a Isa a cambiarse de ropa. La empleada asintió, pero abrió la boca como si quisiera decir algo y luego se contuvo.
David notó la reacción extraña y preguntó:
—¿Pasa algo?
La mujer se apresuró a explicar:
—Es que hay una señorita hospedándose aquí. La señora de la Garza mandó a decir hace unos días que la instaláramos.
Al escuchar eso, la mirada de David se oscureció. A la empleada casi se le sale el corazón del susto.
—¿Dónde está? —preguntó él.
—Ahorita está en el patio trasero —contestó la empleada.
—Lleva a Isa arriba primero.
—Sí, señor.
Isa miró a su papá con cara de duda y preguntó:
—¿Qué pasa, papi? ¿Tenemos visitas?
David suavizó la voz y le indicó:
—Sube primero a tu cuarto, Isa.
Isa asintió.
La empleada se la llevó a su habitación.
David caminó hacia el patio trasero.
En ese momento, una figura vestida de azul se balanceaba suavemente en el columpio. Tenía el cabello largo y rubio que destellaba bajo los rayos del sol. Con la brisa moviéndole el pelo y la falda, y rodeada de las flores del jardín, la chica lucía hermosísima, casi como sacada de un cuento.
¡Para ese entonces, él todavía estaba en Valdemar!
Ofelia vio la expresión del hombre y, retorciéndose las manos, balbuceó sin saber qué hacer:
—Este... mi papá...
Antes de que pudiera terminar la frase, el celular en la bolsa del pantalón de David empezó a vibrar.
Lo sacó para revisar la pantalla. La llamada no era de un desconocido; era precisamente el padre de Ofelia.
David contestó con un tono de lo más formal y educado:
—Señor Baeza.
El señor Baeza cruzó un par de saludos cordiales con él y, entre risas, soltó:
—Mi hija Ofelia está por allá contigo. Como no conoce a nadie en esa ciudad, te pido de favor que le eches un ojo, David. Ya que se le pase el berrinche y siente cabeza, mandaré a alguien a recogerla.
David esbozó una sonrisa, pero sus ojos no tenían una pizca de calidez.
—Puesto que es un encargo suyo, señor Baeza, por supuesto que me haré cargo de cuidarla bien.
—Con que tú me lo digas, me quedo mucho más tranquilo dejándola en tus manos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea
Hola! Los capítulos 490 en adelante están incompletos Gracias x tus esfuerzos x traducir las novelas. Excelente trabajo...
Cuando continúan con el resto de la historia increíble que lo dejen a uno así....
Cuando la se actualiza?...
Me tiene la trama Encantada es un a lástima q cobren para poder seguir en la trama es una delas pocas novelas q tiene diferentes trama no hay mujer sumisa espero poder seguir gracias...