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El tiempo seguía avanzando, cada minuto cayendo como una gota pesada en el silencio de la habitación.
Dionisio no había pegado un solo ojo en toda la noche. Sentía que las horas se le escurrían entre los dedos, como si el amanecer hubiera llegado más rápido que nunca.
En un parpadeo, ya eran las siete de la mañana.
—¡Toc, toc, toc!—
El sonido insistente de los golpes en la puerta rompió el silencio.
El pecho de Dionisio se tensó. Apretó con más fuerza a Kiara entre sus brazos, temiendo que el momento se le escapara.
—...Es hora de levantarse. Te lo prometí, voy a dejarte ir.
Kiara apenas podía moverse. Cada músculo le dolía, como si la hubieran dejado sin fuerzas, y solo quería quedarse ahí, inmóvil.
Pero al escuchar esas palabras, se obligó a sacar fuerzas de algún rincón de su alma y, aunque le costó, logró incorporarse.
—Ah...—intentó bajarse de la cama, pero las piernas no le respondían y acabó desplomándose sobre el colchón.
A Dionisio se le apretó el corazón al verla así. Se acercó de inmediato para ayudarla.
—No te apresures. Te dije que te dejaría ir, y lo voy a cumplir.
Kiara le lanzó una mirada furiosa y soltó su brazo con tal fuerza que los nudillos se le marcaron de blanco. Su voz, ronca y quebrada, parecía hecha de lija:
—No hace falta que te hagas el bueno.
Se apoyó en el cabecero para levantarse con dificultad.
Las piernas le temblaban, como si estuviera pisando algodón, y cada movimiento le arrancaba una mueca de dolor.
La bata de dormir le caía desordenadamente de los hombros, y la piel expuesta estaba marcada por manchas rojizas, como el rastro de una flor maltratada.
Dionisio desvió la mirada, incómodo ante la evidencia de lo que había sucedido. Pasó saliva, tratando de ocultar la incomodidad que se le colaba en la voz.
—Hice que prepararan desayuno. Deberías comer algo antes de irte.
—No quiero nada—contestó Kiara, agachándose para recoger la ropa del suelo con movimientos lentos y torpes—. Lo único que quiero es largarme de aquí de una vez.
La ropa, arrugada y manchada con los restos de la noche anterior, le raspaba la piel como si estuviera hecha de espinas.
Dionisio la vio batallar con los botones, notando que las manos le temblaban. Al final, no pudo resistirse y se acercó para ayudarla.
—¡Aléjate!—gritó Kiara, erizándose como un animal herido—. ¡No me toques!

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