Dionisio escuchó aquello y la sonrisa se le borró del rostro en un parpadeo, mientras un dolor agudo le apretaba el pecho.
Se le oscureció la mirada, y la expresión se volvió sombría.
Carmen se dio cuenta de inmediato de su metida de pata y se apresuró a disculparse.
—Perdón, de verdad. Olvidé que Kiara es tu exesposa.
—Señor Dionisio, ¿no se enoje, sí? No me ignore, por favor, se lo pido.
El ser humano, en el fondo, siempre desea lo que no puede tener.
Para una joven de familia acomodada como Carmen, era la primera vez que se rebajaba tanto, rogando como una niña desesperada.
Dionisio respiró hondo para recuperar la calma, y sus cejas afiladas dibujaron una media luna, con una expresión que parecía amable, pero escondía otra cosa.
—¿Cómo crees…?
Hizo una pausa, y sonrió con un dejo de sarcasmo.
—Pero te aviso algo: me gustan las mujeres fieles. Si vas a estar conmigo, no quiero que haya otro hombre en tu vida.
Carmen sintió que al fin encontraba una salida, y asintió con tanta energía que casi se le salen las lágrimas de la emoción.
—¡Jamás lo haría! ¡Te lo juro! No quiero a nadie más que a ti.
Sus dedos seguían acariciando el pecho de Dionisio, apretando con nerviosismo, como si intentara derretir la tela y llegar hasta su piel.
Pero Dionisio de pronto sujetó su mano, ni fuerte ni suave, lo justo para detenerla.
Se inclinó hacia ella, tan cerca que sus narices casi se rozaban. Su voz bajó a un susurro grave, como los que se dicen los amantes en secreto, aunque en sus palabras se notaba una intención oculta.
—Las palabras se las lleva el viento.
Carmen se quedó helada, un atisbo de pánico cruzó por sus ojos.
—E-entonces… ¿qué quieres que haga?
—Quiero que me ayudes con algo —dijo Dionisio, acariciándole la mejilla con la punta de los dedos, dejando tras de sí un escalofrío.
—Quiero ver si de verdad me quieres tanto como dices.
Carmen perdió el ritmo de su respiración. Lo miró con una sinceridad desesperada.
—Dime qué necesitas. Si está en mis manos, lo hago.
Dionisio curvó apenas los labios, con una sombra inquietante en la mirada.

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