Quien está moviendo los hilos detrás de todo esto, sin duda, es Aarón.
De otra forma, no habrían desempolvado siquiera el caso de hace nueve años.
—Aarón, eres un desgraciado —escupió Dionisio por lo bajo.
La voz del abogado sonó apenas como un susurro, grave y cargada de advertencia:
—Señor Dionisio, si el caso de hace nueve años se reabre, aquellos que en su momento lo ayudaron a encubrir las huellas seguramente saldrán a la luz uno por uno. Y entonces, no solo la señora Olivares se verá involucrada.
Al fondo del pasillo, la luz titilaba, iluminando de manera intermitente el rostro pálido de Dionisio y resaltando un destello rojizo en su mirada.
Dionisio se quedó callado un instante, sumido en sus pensamientos. Cuando habló, su voz sonó tan calmada que daba miedo:
—Abogado Guillermo, necesito que haga dos cosas. Primero, use todos los recursos posibles para encontrar alguna evidencia del lugar del crimen que en aquel entonces pasaron por alto. Quiero que quede claro que Daniela solo fue una pieza usada por otros. Segundo, contacte al mejor equipo médico del país. Aunque solo exista una posibilidad entre diez mil, quiero que hagan todo lo posible para salvarla.
El abogado asintió:
—Entiendo. Pero, señor Dionisio, debe mentalizarse. Lo mejor sería que la persona que está moviendo los hilos retire la denuncia. Si el caso entra en proceso judicial, la cosa se va a poner fea.
Dionisio no respondió. Solo se giró, fijando la vista en la puerta de cristal de la UCI.
Dentro, Daniela yacía en la cama, conectada a todo tipo de tubos y aparatos. Su pecho apenas se movía, luchando contra la muerte en una pelea silenciosa.
En ese momento, Dionisio sintió de golpe que todos sus años de supuesta protección y compensación no habían servido de mucho. Más bien, solo le había traído a ella una herida tras otra.
—Daniela… Perdóname.
—Si despiertas esta vez, te juro que voy a cuidarte como debí hacerlo desde el principio.
—Bzz, bzz, bzz…
El celular vibró en su bolsillo. Era un mensaje del asistente: [Señor Dionisio, la señorita Kiara hoy solo tomó un poco de avena, pero se la pasó mirando por la ventana, sin decir nada.]
Dionisio se quedó mirando el mensaje, el dedo flotando sobre la pantalla varios segundos antes de bloquear el teléfono, incapaz de responder.
Se sentía atrapado, otra vez, entre dos fuegos.
El recuerdo de Kiara Rodas le atravesó el pecho.
Sentía un dolor tan vivo en el alma que casi no podía soportarlo. También con ella, el remordimiento lo ahogaba.
Ella merecía una vida tranquila, sencilla, con sueños y sonrisas. Pero él había convertido su mundo en ruinas: la obligó a vender la casa familiar y huir lejos, dejando todo atrás.

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