El cilindro de la cerradura tenía forma de flor, y encima se leía claramente la inscripción “Guerra de Independencia”.
Kiara rozó el cuerpo de la cerradura con la yema de los dedos; el metal le heló la piel, como si tocara el mismísimo invierno.
No era una imitación moderna. El desgaste y la capa de suciedad mezclada con óxido delataban su autenticidad: se trataba de una “cerradura secreta de puerta lateral”, muy utilizada en las cámaras funerarias de la Guerra de Independencia.
—Es la puerta lateral de la Cámara Funeraria de Palenque. Los saqueadores debieron llegar hasta aquí, pero como no pudieron abrir la cerradura, se retiraron —explicó Kiara, con voz apenas audible.
Mauro se asomó para mirar mejor.
—Esta cerradura solo se abre con una llave especial. Si la forzamos, seguro activamos una trampa —comentó, frunciendo el ceño.
No había terminado de hablar cuando...
El techo del túnel empezó a desmoronarse —crujido, crujido—, y la tierra cayó sobre ellos en pequeños terrones.
La luz de las linternas se alzó justo a tiempo para revelar una piedra del tamaño de un puño rodando directo hacia ellos.
—¡Cuidado! —Kiara empujó a Mauro con todas sus fuerzas y se hizo a un lado. Su espalda chocó contra la pared del túnel y el golpe la hizo morderse el labio por el dolor.
La piedra cayó justo donde Kiara había estado parada segundos antes, levantando una nube de polvo que le cubrió la cara y se le metió en la boca y en los ojos.
Arriba, Aarón escuchó el estruendo. El corazón casi se le salió del pecho mientras gritaba:
—¡Kiara! ¿Estás bien?
—¡Estoy bien! —respondió Kiara, limpiándose la cara con la manga. Apenas iba a decir algo más cuando, desde el fondo del túnel, se escuchó un chasquido, como si un mecanismo se hubiera activado.
El semblante de Mauro cambió de inmediato.
—¡Es una trampa! ¡Hay que salir de aquí!
Los dos giraron en seco y comenzaron a trepar por la cuerda de seguridad. El cordón se tensó de repente, marcando la urgencia.
Aarón, desde arriba, tiraba de la cuerda con toda la fuerza de sus brazos; las palmas le ardían, pero ni pensaba en soltarla.
—¡Rápido! ¡Rápido! ¡Rápido! —se escuchó el roce frenético de la cuerda por menos de tres minutos.
En ese lapso, ambos habían logrado salir del túnel.
Justo cuando Kiara sacaba la mitad del cuerpo por la boca del túnel, un estruendo sordo resonó desde las profundidades, como si algo muy pesado hubiera caído.

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