—Así es, la señorita Daniela estuvo desaparecida varios años. Yo de verdad pensé que ya no estaba en este mundo. Quién iba a imaginar que solo se había ido al extranjero a vivir tranquila, y ahora que regresó, ¡de una sacudió toda Ciudad Brumosa…!
—Es increíble, el señor Dionisio y la señorita Daniela no tienen nada que ver uno con el otro. En serio, no entiendo cómo acabaron casándose.
—Dicen que desde hace más de diez años ya andaban juntos, solo que en ese entonces no lo hicieron público y casi nadie se enteró.
—¿De veras?
—Ya, mejor no digan nada más. La boda está por empezar, hay que desearles lo mejor a los novios…
Los invitados se acomodaron apurados, enderezando la espalda y guardando silencio, listos para presenciar la ceremonia.
El maestro de ceremonias y el sacerdote ya tenían todo preparado.
—Damos la bienvenida a la novia.
Dionisio esperaba de pie frente al altar.
El traje negro resaltaba su porte elegante, aunque en su mirada se notaba una sombra que no se podía disipar.
Daniela avanzó tomada del brazo de Miranda, el vestido de novia arrastrando la cola sobre la alfombra roja, como si llevara una nube a cuestas.
Alzó la vista hacia Dionisio, y el brillo en sus ojos superaba hasta el de las lámparas de cristal del techo.
Hasta que notó que Dionisio no la miraba a ella, sino que tenía la vista clavada en la puerta principal de la iglesia.
—Dionisio —susurró, apretando el ramo entre los dedos.
Dionisio volvió en sí de golpe, forzando una sonrisa que se notaba rígida.
El sacerdote inició el discurso.
Pero Dionisio no escuchó ni una sola palabra.
Solo le retumbaban en la cabeza las palabras de su asistente de la noche anterior: [La señorita Kiara ya vació todas sus cuentas en Ciudad Brumosa, parece que va a irse de una vez por todas.]
En estos días había estado tan ocupado con la boda, que ni se fijó en lo que Kiara estaba haciendo.
Ahora le preocupaba que ella planease algo a sus espaldas.

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