Las tres llaves debían usarse juntas para abrir la compuerta.
La de Kiara siempre había estado guardada en la caja fuerte.
No lograba entender en qué momento los demás habían conseguido copias de la llave.
...
Óscar tenía la actitud de quien nada teme, como si ya no le importara nada. Permanecía callado, ni una palabra salía de su boca.
La fortuna siempre va de la mano del riesgo.
Con robarse una sola de esas antigüedades, le alcanzaría para que toda su familia viviera cómoda el resto de su vida.
Si se llevaban varias, podrían volverse ricos de la noche a la mañana.
Con semejante tentación, cualquiera dudaría en negarse.
A Kiara le recorrió un escalofrío por el pecho.
—Óscar, voy a darte una oportunidad. Si devuelves las piezas robadas, puedo dejarlo aquí. No llamaré a la policía ni te buscaré problemas legales.
Óscar mantenía la cabeza agachada, completamente cerrado, como quien se niega a escuchar razones.
Lo que ya había comido, era imposible escupirlo.
Si sacrificar su pellejo servía para que su familia prosperara, lo daba por bueno.
—Óscar, te lo pregunto por última vez: ¿De dónde sacaste la llave para cambiar las piezas? ¿Dónde escondiste los objetos auténticos?
Ni siquiera se inmutó. Sus manos seguían aferradas a la orilla de su camisa, los nudillos blancos de la fuerza.
—¿De verdad crees que haciéndote el sordo te vas a librar? —Kiara golpeó la mesa con fuerza; los papeles brincaron como si explotaran—. A tu hijo, ayer mismo le depositaron cinco millones en una cuenta en el extranjero. El dinero vino de una tienda de antigüedades en Birmania. Óscar, ¿de dónde salió esa lana? Ya sabes la respuesta.
Óscar tembló apenas, casi imperceptible, pero no soltó ni una sola palabra.
Hundió aún más la cara, como si enterrándose así pudiera volverse invisible ante el interrogatorio.
Kiara se acercó, lo miró desde arriba, implacable.
—Si no devuelves lo que robaste, lo que te espera es pasar el resto de tu vida tras las rejas.
—No sé nada... —murmuró Óscar, forzando las palabras desde el fondo de la garganta, la voz quebrada—. No sé nada, de verdad... Yo no tengo idea de cómo cambiaron esas piezas... Srta. Kiara, ya déjeme en paz, estoy viejo, no aguanto más...
Kiara inhaló hondo, sintiendo la impotencia quemándole el pecho.
—Está bien. Si te niegas a colaborar, nos veremos en el juzgado.
Dicho esto, salió de la sala de interrogatorios con el alma hecha trizas.
Por dentro, sentía que le hervía la sangre, incapaz de tranquilizarse.

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