Rebeca, con el enojo a flor de piel, ya iba a soltar una respuesta, pero Esther la frenó en seco con una sola mirada:
—¡Mejor cállate tantito! Aarón acaba de regresar de la muerte, ¿de veras quieres amargarle el rato?
Rebeca mordió su labio, la molestia pintada en el rostro, y le aventó a Kiara una mirada de pocos amigos. Al final, se tragó las palabras y solo volteó la cara, aunque el pecho seguía subiéndole y bajándole por la rabia.
El ambiente en la habitación se relajó un poco.
Aarón, notando el cambio, apretó suavemente la mano de Kiara, como si quisiera pasarle valor.
Kiara sintió un escalofrío en la punta de los dedos y quiso soltarse, pero él la agarró con más fuerza.
—¿Oíste? —susurró Aarón, acercándose a su oído—. Ya ves que hasta los abuelos están de acuerdo.
Su voz apenas era un murmullo, pero las palabras zumbaban con intensidad:
—No te hagas la loca. Esta vida, tienes que ser mi esposa sí o sí.
El aliento cálido de Aarón le rozó la oreja.
En ese instante, Kiara sintió que las mejillas se le encendían. Giró la cabeza y lo fulminó con la mirada.
—Ya basta, deja de bromear. Primero recupérate, ¿sí?
—Como ordenes —respondió Aarón, sonriendo como niño que acaba de recibir un dulce, los ojos pegados a ella, incapaz de apartarse.
Esther los miró con ternura, sonriendo tanto que los ojos casi desaparecían entre las arrugas.
—Mira nomás qué pareja hacen. Esto hay que aprovecharlo, ¿eh? Mejor fijamos la boda pronto, antes de que ya no me pueda mover, así alcanzo a cargar a mi bisnieto.
Bruno no aguantó la risa:
—¿Por qué tanta prisa? Primero deja que los chamacos se conozcan bien.
Las palabras de ambos abuelos hicieron que el rostro de Kiara ardiera aún más, y que el corazón le diera vueltas.
Ella tenía claro que no podía casarse con Aarón.
Pero verlo tan malherido le rompía el alma. No tenía corazón para negarse en ese momento.
“Cuando se recupere, hablaré con él y todo se aclarará”, pensó.
—Bueno… el doctor dijo que necesitas descansar. Ya que despertaste me quedo tranquila. Tómatelo con calma, ¿sí? Otro día regreso a verte.
Aarón, al escuchar eso, le sujetó la mano con más fuerza, como si le fuera la vida en ello.
—Kiara, no te vayas. Estoy tan mal que no puedo quedarme solo, ¿no podrías quedarte conmigo?

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