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La Sangre No Miente, Pero Él Sí romance Capítulo 296

—No, la voy a regalar —dijo Kiara sin titubear.

—¿Regalarla? —El director y el subdirector del museo se quedaron helados, como si hubieran escuchado mal.

Kiara asintió con toda la seriedad del mundo. Guardó la caja de terciopelo en la caja fuerte con combinación y se dispuso a marcharse.

Apenas cruzó la puerta del Salón 3, algo captó su atención.

De reojo, miró un cuadro antiguo colgado en la pared. Era una obra del periodo azteca, realizada por un pintor de esa época, una copia de una pintura famosa. Aunque no era original, el cuadro seguía siendo de gran valor, más aún porque llevaba los sellos de varios reyes.

A pesar de estar rodeado de auténticas obras maestras, este cuadro no llamaba mucho la atención.

Sin embargo, Kiara no pudo evitar fijarse en él de inmediato.

Porque, en cuanto lo vio, supo que alguien lo había sustituido.

Se detuvo en seco, con la mirada afilada, y los dedos aferrados a la caja fuerte. Recordó que había revisado ese cuadro apenas medio año atrás; se acordaba perfectamente del detalle en las alas de la grulla pintada, y de cómo, al inspeccionarlo, su uña había raspado accidentalmente el ojo de la grulla, dejando una marca que luego reparó. Esa cicatriz, aunque reparada, ella la reconocería en cualquier parte.

Pero la pintura frente a ella ya no mostraba esa mínima marca de reparación.

No cabía duda: el cuadro había sido cambiado.

Sintió un escalofrío y por poco se le caía la caja fuerte.

Si alguien se había atrevido a cambiar una pintura tan valiosa, ¿quién podía garantizar que no habían hecho lo mismo con otras antigüedades?

El director notó cómo Kiara se quedaba quieta y, con el rostro tenso, preguntó:

—Señorita Kiara, ¿ocurre algo?

Ella recuperó la compostura y, con aparente tranquilidad, respondió:

—No es nada. Solo que estamos en la época de inventario y esto se va a poner pesado. Este año vamos a exhibir más piezas, así que revisen todo, hagan una lista y me la entregan.

—Entendido, señorita Kiara.

Sin decir más, Kiara salió del museo con la caja fuerte en la mano.

No podía alertar a los responsables del robo. Si ya habían cambiado un cuadro, lo más probable era que también hubieran reemplazado otras piezas. Tenía que actuar con cautela, mantener la fachada hasta atrapar a todos los involucrados de un solo golpe.

...

Una vez sentada en el carro, Kiara no podía dejar de temblar.

Cerró los ojos y repasó mentalmente cada detalle del cuadro. La marca de su reparación había desaparecido por completo. La copia era tan buena que ni siquiera ella, una experta, la habría detectado de no ser por ese pequeño detalle.

Eso solo podía significar que el ladrón conocía bien el sistema de seguridad… y además sabía de restauración de antigüedades.

—Señorita, ¿directo a Ciudad Celestia? —preguntó el chofer mirándola por el retrovisor.

—Sí, vamos de una vez.

—Perfecto —contestó el chofer y arrancó el carro rumbo a Ciudad Celestia.

Detrás y delante del suyo iban otros dos carros llenos de guardaespaldas que la acompañaban a todas partes.

Cuando el carro tomó velocidad y la tensión del momento se calmó un poco, Kiara abrió con cuidado la caja fuerte y sacó la figura sagrada para revisarla.

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