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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 70

—Ejem... como el antiguo gerente... del departamento, me gustaría decir algo —César se puso de pie, forzando una sonrisa que parecía más una mueca de dolor—. Esto... esto ha sido un malentendido. Seguro que el nombramiento oficial no nos llegó a tiempo y eso causó toda esta confusión.

Su voz temblaba, empapada de sumisión.

—Gerente Quiroz, es un... un placer que usted tome el mando. Estoy seguro de que bajo su liderazgo, el departamento brillará más que nunca —terminó de decir, haciéndole señas desesperadas a los demás con los ojos.

Los empleados salieron de su estupor. El pánico borró todos sus planes y sus ganas de apoyar a la otra bando; el puro instinto de supervivencia los hizo reaccionar.

—¡Gerente Quiroz, nos equivocamos! ¡Fuimos unos ciegos! ¡Por favor, denos otra oportunidad!

—¡Jefa, yo le he dado mi vida a esta empresa, tengo una familia que mantener... no me puede dejar en la calle!

—¡Gerente Quiroz, fuimos unos idiotas, nos dejamos llevar! ¡Haremos lo que sea para compensarlo! ¡Tenga piedad...!

Las disculpas y súplicas llenaron el aire, cargadas de terror genuino.

—Si me traicionan una vez, me traicionarán cien veces. ¿No conocen ese dicho? —Mila soltó una risa gélida—. ¿Creen que un montón de borregos inútiles que se dejan lavar el cerebro tan fácil tienen derecho a trabajar para mí?

Las caras de todos perdieron el color; sabían que no había vuelta atrás.

—¡No te creas tanto, Mila! —Corina recuperó el aliento. Tenía la mitad de la cara hinchada y roja, y su voz destilaba veneno—. ¡Toda esta gente lleva años en la corporación! ¡Si los despides así nada más, causarás un daño enorme! Cuando el señor Esteban y Ariel te pidan cuentas, ¿crees que vas a poder con la responsabilidad?

¿Todavía se atrevía a amenazarla?

Mila soltó una risa llena de desprecio y dio unos golpecitos en la mesa.

—Pues corre a quejarte con los dos. Pregúntales si puedo o no con la responsabilidad.

Las pupilas de Corina se encogieron. ¡¿Cómo podía ser tan arrogante esta infeliz?! ¡¿Acaso ni siquiera Ariel y Esteban podían controlarla?!

—Hermana, Corina, por favor, no peleen... —Luna intentó meter paz, con un ligero temblor en la voz que trataba de ocultar, pero sin despegarle la mirada a Mila.

¡Plaff!

Antes de que terminara la frase, la mano de Mila se estrelló con precisión en la cara de Luna.

Luna se llevó la mano a la mejilla, muda por el impacto y el dolor ardiente. Su expresión de víctima se hizo añicos, dejando solo una mirada de pura incredulidad.

—Luna, ¿ya se te olvidó lo que te dije? —Mila entrecerró los ojos; su mirada era tan afilada como un cuchillo—. No me llames hermana. Yo no tengo parientes tan hipócritas y falsas como tú.

—¡Mila, estás enferma! —gritó Corina, jalando a Luna para esconderla detrás de ella—. ¡Luna es una buena chica! A pesar de lo horrible que eres con ella, todavía te defiende, ¡¿y tú no sientes un poco de vergüenza?!

—Viví como una rata en una alcantarilla. Tuve que pelearme con perros callejeros por un pedazo de pan...

—Dime tú, ¿quitarle ese miserable cinco por ciento de acciones te parece demasiado?

Esas palabras fueron pronunciadas en un tono suave, pero cayeron como un martillazo en el alma de los presentes.

Corina sintió un nudo en la garganta; todas las excusas se le quedaron atoradas, incapaz de decir una sola palabra.

Mila levantó la mano y se limpió suavemente una lágrima del rabillo del ojo.

Pero no era una lágrima de tristeza. Era un homenaje... un tributo a la desesperación que había vivido en el pasado.

Todo el mundo decía que el Penal 01 era el infierno en la tierra.

Pero para alguien como Mila, que ya había sobrevivido al infierno real, ¿qué significaba ese lugar?

Incluso sentía gratitud por él. Fueron esas 'buenas personas' de la prisión las que la ayudaron a forjarse, transformándola en la mujer imparable que era hoy; ya no era el insecto patético que suplicaba un poco del cariño de su familia.

En la puerta de la sala de reuniones, una figura alta y esbelta se había quedado de pie en silencio. Observaba fijamente esa espalda que parecía tan frágil pero al mismo tiempo tan inquebrantable, y en el fondo de sus ojos oscuros, algo brilló intensamente.

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