El semáforo estaba en rojo. Esteban detuvo el carro y tamborileó con los dedos sobre el volante, marcando un ritmo nervioso.
—¿Ahora en qué lío estás pensando? —Elías no solo no se asustó, sino que traía una sonrisa de oreja a oreja, claramente emocionado.
—Eso no es asunto tuyo —le soltó Esteban, sin mirarlo.
—¡No digas eso! Por lo menos en lo de recuperar a Vanesa vamos en el mismo barco, ¿o no?
—¿Recuperarla? ¿Seguro que ella quiere estar aquí? —El semáforo cambió a verde, Esteban metió primera y arrancaron rumbo a la casa de la familia Montemayor.
Cuando llegaron, ambos bajaron del carro con el perro. Claudio, que no se sabía desde cuándo estaba ahí parado, los esperaba junto a la puerta.
—Señor, joven, el patrón los espera en el estudio.
—Llévate a mi perro —le dijo Elías, pasándole la correa. Luego, él y Esteban entraron a la mansión, uno tras otro. Tocaron la puerta del estudio y, al escuchar una respuesta del interior, entraron.
—Papá —dijeron al unísono.
Matías estaba de espaldas, mirando por la ventana. Solo después de oírlos se giró y se sentó en la silla de cuero.
—¿Fueron a buscar a Vanesa?
—Me la quiero llevar a Melbourne —Elías no pudo evitar el tono ilusionado en su voz.
El gesto de Matías se endureció.
—Ahora ella se apellida Balderas, no Montemayor. Además, ¿qué onda con ese perro? Por culpa de Vanesa arruinaste la fiesta de bienvenida delante de todos, ¿me quieres demostrar que no estás de acuerdo conmigo?
Elías hizo una mueca.
—Pues es que ella es demasiado miedosa. Así no se puede.
—Te la pasas fuera y cada vez eres menos disciplinado. Ya hablé con tu mamá: esta temporada te vas a quedar aquí. Cuando aprendas a comportarte, después vemos si regresas.
—¡¿Por qué?! —protestó Elías, indignado. No quería que lo controlaran. En Melbourne hacía lo que le daba la gana y había agarrado la libertad como costumbre.
—No creas que no sé lo que andas haciendo allá. Por darte demasiada libertad, ahora mira cómo andas, sin ninguna compostura.
Elías infló las mejillas, el reproche brillando en sus ojos. Matías lo ignoró y se volvió hacia Esteban.
—Vanesa ahora lleva el apellido Balderas. Jacinta Montemayor es la única que sigue siendo Montemayor, ¿lo tienes claro?
Esteban bajó la cabeza, ocultando una sonrisa.
—Sí, lo tengo claro.
...
Apenas dejó atrás el ambiente cargado del estudio y bajaba las escaleras, Esteban se topó de frente con Elías, que subía jalando al perro, y con Jacinta Montemayor, que bajaba a paso titubeante, con la cara pálida y los ojos hinchados.
—He-Hermano… —murmuró Jacinta, mirándolo como si buscara refugio. Su voz era tan bajita que daba ganas de abrazarla. Elías, en cambio, imitó el tono de Jacinta con una exageración burlona:
—Hermanooo…
Jacinta apretó los dientes, ignorando la burla.
—Hermano, ¿puedes dejar que Elías se lleve al perro? Es que… me da miedo —dijo, bajando la mirada. Había cambiado el vestido elegante por algo más sencillo; sus ojos seguían rojos y a un lado, un vaso roto delataba que algo malo había pasado ahí.

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