Elías frunció los labios y, molesto, le dio una patada al mueble donde estaban las bebidas.
—¿Acaso te importa que su casa esté en ruinas o que no tengan dinero?
Vanesa arrugó la frente, lista para regañarlo, pero en ese instante la puerta de la casa se abrió. Todos voltearon. Camila solo les lanzó una mirada rápida antes de ir directo a la cocina, servirse un vaso de agua y desaparecer de nuevo en su cuarto, sin decir palabra ni regalarles otra mirada.
...
—¡Vanesa! ¿Quién era ese? —Elías, cayendo en cuenta, explotó de repente.
El rostro de Vanesa cambió y, sin pensarlo, fue directo a taparle la boca a Elías. Ignoró sus manoteos y, sujetándolo, lo arrastró hacia la puerta.
—Bueno, señores Montemayor, tienen a su hermanita esperándolos en casa, así que mejor no nos quiten el sueño a los demás. Que les vaya bien —soltó Vanesa, mientras Esteban salía tras ellos.
—¡Vanesa, dime quién era! ¡Solo puedes tenerme a mí de hermano, ¿me oyes?! —Elías seguía gritando, la voz ahogada bajo la mano de Vanesa.
—¡Compórtate! —le espetó Vanesa.
—Mañana paso por ti a la salida —dijo Esteban, sereno y tranquilo, contrastando con el berrinche de Elías.
Vanesa no contestó y cerró la puerta. Al fin los había despachado. Soltó un suspiro de alivio: si no se iba rápido esa dupla, seguro armaban un alboroto.
Se estiró para relajarse, lista para ir a lavarse la cara, pero notó que los tres la miraban fijamente.
—Son los dos Montemayor, mis "ex hermano" y "ex hermano menor".
—¿Ex hermano? ¿Ex hermano menor...? —Federico sonrió, resignado ante el término.
—Se nota que les importas. Solo que no saben expresarlo —intervino Irma, intentando suavizar el ambiente.
Vanesa apenas esbozó una mueca. No le salía la risa.
—Vane, ven a sentarte —le llamó Aurelio, golpeando el sillón a su lado.
—Papá, Vane sabe lo que hace. No te preocupes tanto —le dijo Federico.
Aurelio dejó escapar un suspiro, sin agregar nada más.
...
Mientras tanto, Elías iba cruzado de brazos en el asiento del copiloto, mascullando en silencio. Trueno, el perro, se había acomodado tranquilo en el asiento trasero, sin hacer escándalo.
—¿Cómo que puede tener otro hermano? —Elías, que seguía siendo un niño, no pudo guardarse la queja.
—¿Por qué no? Si hasta tiene tres hermanos —respondió Esteban, poco dado a contestarle.
Elías, al oír eso, levantó su manita regordeta, formando un tres con la izquierda y un uno con la derecha. Miró a Esteban con una pizca de lástima.
—Entonces sí que tú saliste peor.

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