—¿Por qué te parece divertido? —preguntó Santiago.
Vanesa, ya recuperada, tiró el palito de su helado al bote de basura sin detener ni por un segundo el paso.
—Mira, yo soy Vanesa. Lo que quiero hacer o no quiero hacer, nunca ha sido algo que dependa de lo que digan los demás. Si es algo que de verdad quiero, aunque todo el mundo me diga que no, igual lo hago. Y si no me nace, ni con amenazas ni promesas me van a hacer cambiar de opinión. Lo que hago, lo hago porque quiero. Pero ustedes, ni siquiera he dicho nada, y ya andan todos poniéndose tristes por mí.
Santiago escuchó sus palabras y por fin entendió dónde estaba el verdadero problema.
Siempre decían que veían a Vanesa como a una más de la familia, pero en la práctica, la trataban como a una extra, como a esa prima lejana que apenas ves en Navidad: amables, sí, pero con una distancia y formalidad que dolían. Como si temieran que cualquier cosa que hiciera los fuera a incomodar.
Desde el principio, la habían regado.
Abrió la boca, pero ninguna palabra le salió. De pronto, recordó algo que le había dicho Lucrecia.
—No te preocupes por la colegiatura —le había dicho Lucrecia—. Aunque ahorita no podamos darte la vida de lujo que tenías con los Montemayor, en lo académico no habrá cambios. Seguirás estudiando en donde estabas, con los mismos maestros. No te preocupes por eso.
Santiago, con esa frase dando vueltas en la cabeza, soltó de repente:
—¿Quieres volver a la escuela?
Vanesa captó de inmediato a qué se refería, aunque la pregunta le cayó de sorpresa.
—¿Y tú quieres regresar a estudiar? —le reviró, sin prisa en responder.
—¿Eh? —Santiago quedó descolocado.
—Te lo repito, ¿te gustaría volver a la escuela? —insistió Vanesa, paciente.
—Pues... de día lavo platos, en la noche canto en el bar. No está mal. A fin de cuentas, es lo que siempre quise: vivir de la música. No me quejo.
Las últimas palabras las murmuró, como si intentara convencerse a sí mismo.
—¿Trabajar... para ti?
—Yo te doy los recursos. Vas a poder estudiar y, al mismo tiempo, perseguir tu sueño de la música. Después de cinco años, me devuelves lo que invertí en tu carrera universitaria. En cuanto a las ganancias de estos cinco años trabajando conmigo, sesenta por ciento para ti, cuarenta para mí. Cuando se acaben los cinco años, si quieres te quedas, si no, cada quien por su lado. ¿Qué tal?
Santiago no dijo nada, seguía asimilando la propuesta, y Vanesa pensó que no le parecía justo el trato.
—Mira, sesenta cuarenta es mucho mejor de lo que les dan a los novatos. Ese es trato de artista de primera. Cuando Iker Meléndez firmó, le dieron setenta treinta, y eso que ya era famoso.
Vanesa hablaba como si nada, pero Santiago apenas y podía procesarlo.
—No... tú... yo... —balbuceó, aturdido.
—Olvídate del sesenta cuarenta, dime una cosa: ¿Iker... te refieres a ese Iker que en su primer año llenó estadios con sus canciones, y que cuando se lanzó al cine ganó el premio a mejor actor de inmediato? ¿Ese Iker?

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