El tono de ella era tan tranquilo, como si simplemente comentara que la tarde estaba agradable.
Los Balderas se detuvieron un instante, y al segundo siguiente, todos volvieron a comer y beber como si nada hubiera pasado.
—Todo esto se lo buscó ella sola. Sí me llamó, pero apenas escuché su voz, la bloqueé —Alfonso tomó un trozo de carne y lo dejó en el plato de Vanesa, sin que se notara ningún cambio en su tono de voz.
Nunca sintió que le debiera algo. Si las cosas terminaron así, era porque ella lo había decidido; nadie más tenía la culpa.
—A mí también me llamó —agregó Aurelio, que justo en ese momento estaba en el mercado comprando verduras—. Colgué en cuanto escuché quién era.
—¿Fue de este número? —preguntó Federico, como recordando algo. Sacó su celular y buscó en la agenda.
—Sí, ese mismo.
—Yo estaba en clase y no contesté. Vi que era un número desconocido y ya no le regresé la llamada —añadió, guardando el celular y sin darle más vueltas al asunto.
—Yo andaba grabando el programa, tampoco contesté.
Santiago ni se molestó en preguntar por el número o por Jacinta. Hasta con los ojos cerrados sabía por qué la que antes los menospreciaba ahora intentaba contactarlos: seguro se enteró de que la familia estaba repuntando y quería arrimarse.
En ese momento, Alfonso se levantó de la mesa y fue hacia la sala. Sacó unos papeles de su portafolio.
Todos lo miraron con curiosidad.
—¿Y eso, Alfonso?
—Estamos comiendo, hijo, el trabajo puede esperar —soltó Aurelio, que conocía de sobra el carácter de su hijo mayor. Igualito a él de joven, de esos que si se meten a trabajar no distinguen el día de la noche, y hasta se les olvida comer.
—Esa casa significa mucho para ti y para papá. El dinero se puede volver a ganar, pero los recuerdos que hay en ese lugar no tienen precio.
—Sí, cuando el mayor la recuperó, nos avisó y todos estuvimos de acuerdo. Queríamos sorprenderlos, y mira, pasado mañana es tu cumpleaños, mamá —Federico le alcanzó a Irma un nuevo juego de cubiertos desde la cocina.
—Para lo de la remodelación, yo pongo la plata. Vane y el segundo todavía están en la escuela, así que ellos te van a acompañar a escoger muebles y a dejar la casa como nueva —añadió Santiago, contando cómo se habían organizado entre hermanos.
—¿Y yo qué hago? —preguntó Camila, moviendo las piernas bajo la mesa, queriendo también ayudar.
—¿Tú? Cuando lleguen los muebles, tú eres la jefa de la orquesta, das las órdenes —le respondió Vanesa, despeinándole el cabello y soltando una risa juguetona.
—La idea era darles la sorpresa pasado mañana, pero como hoy pasó algo feo, mejor que esto sirva para espantar la mala vibra y atraer cosas buenas —dijo Alfonso, que cada vez que tomaba un caso nuevo, se volvía más directo y sarcástico.
—¡Eso! —intervino Aurelio, dejando los cubiertos a un lado—. Y ya que estamos todos, quería platicarles una cosa y ver qué opinan.

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