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La Princesa romance Capítulo 311

Para Jacinta, las palabras de Vanesa en ese momento no podían ser otra cosa que una condena directa al infierno.

Y para colmo, justo cuando Vanesa terminó de hablar, el sonido de una sirena de patrulla retumbó cerca de allí.

Jacinta intentó huir por puro instinto, pero Vanesa ya lo había previsto. Con rapidez, la sujetó sin darle oportunidad de escapar.

Ambas forcejearon a través de los barrotes. Vanesa tenía una fuerza impresionante; ni siquiera en los mejores días de Jacinta habría podido zafarse, mucho menos ahora que su cuerpo estaba tan desgastado.

Cuando los policías se llevaron a Jacinta, Vanesa la miró en silencio. Abrió la reja y observó cómo Jacinta gritaba y maldecía sin ningún pudor, tanto que hasta los dos policías que la sostenían se veían incómodos y terminaron por arrastrarla al carro con más decisión.

Por su parte, Vanesa no cambió de expresión ni un segundo. La sonrisa que se dibujaba en su rostro, vista por Jacinta, no era más que una burla descarada.

—¡Todo lo tuyo debería ser mío! ¡La ladrona eres tú! ¡La familia Montemayor es mía, la familia Balderas también, todo es mío! —gritó Jacinta con rabia, sin importarle que todos la escucharan.

—Entonces deberías apurarte y llamar a Esteban Montemayor y a Alfonso. Claro, sólo si logras contactarlos. Nos vemos, disfruta tu celda para ti sola, señorita —replicó Vanesa, moviendo la mano en señal de despedida. Su tono era tan ligero y juguetón que hasta parecía inocente, pero eso solo hizo que Jacinta la odiara todavía más, deseando poder lanzarse sobre ella y arrancarle la piel.

El carro de policía desapareció poco a poco, solo quedando el eco de la sirena en el aire.

Cuando la escena terminó, Vanesa alzó las cejas: estaba claro que las palabras de Jacinta no le afectaban en lo más mínimo. Entró a la casa justo cuando Irma colgaba una llamada.

—¿Estás bien, Vane? —Irma la miró de arriba abajo, notando si le faltaba algo.

—¿No te interesa saber si Jacinta está bien?

—Después de tantas cosas que han pasado, si yo siguiera haciéndome la ingenua, mejor agarro mis cosas y me voy de aquí —Irma ya no sentía ni un poco de compasión por Jacinta.

Desde que iba a la escuela con Elías Montemayor y Félix, Camila también se volvió más alegre. Aunque seguía siendo reservada, ya no se encerraba todo el día en su cuarto a dibujar.

Los fines de semana seguía yendo con Isaac, y de repente ese pequeño jardín se transformó en una especie de guardería. Camila se quedaba adentro pintando, mientras los dos niños y el perro jugaban afuera. Cada quien en lo suyo, pero acompañándose.

A veces, Isaac subía los dibujos de Camila a internet o los incluía en sus exposiciones. Otras veces la llevaba a conocer a otros artistas. Eso sí, siempre con el permiso de los Balderas y sólo si Camila aceptaba.

...

—Ahora que el escándalo en la red va bajando, a los que empezaron insultando a Vane y a los que aprovecharon para inventar chismes ya les mandé cartas de abogados. El que no pida disculpas, que se prepare para ir a juicio —comentó Alfonso mientras cenaban, claramente buscando reconocimiento.

—Por cierto —interrumpió Vanesa, llevándose un trozo de pastel a la boca—, Jacinta vino en la tarde. Llamé a la policía y se la llevaron, además les entregué las pruebas de que consumía drogas. Seguro se va a quedar unos años adentro.

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