Cuando ellos se marcharon, Alfonso y los otros dos siguieron al camarero que los condujo hasta su propio salón privado.
No se apresuraron a hablar de negocios; esperaron tranquilamente a que trajeran todos los platillos y, solo entonces, entraron en materia.
—Entonces, ¿ella es la Vanesa de la que mi abuelo no para de hablar? Mi viejo me la menciona todos los días, y ahora que la veo de frente...
Gabriel no terminó la frase, porque enseguida sintió las miradas intensas de los hermanos protectores clavadas sobre él.
Gabriel reaccionó rápido y se llevó la mano a la boca, haciendo el gesto del cierre de cremallera.
—O sea, ¿no le dijiste nada a Vane? —Alfonso, mientras desinfectaba los cubiertos en agua caliente, dejó ver sus manos de dedos largos y elegantes.
—¿Para qué decirle algo? Le costó trabajo alejarse de la familia Montemayor. Ya cuando la familia Montemayor quede en ruinas, lo que le toque del Grupo Montemayor seguirá siendo suyo.
Esteban lo dijo con un tono despreocupado, como si no le diera mucha importancia.
Alfonso levantó la mirada y lo observó un momento, pero no agregó nada más.
...
Mientras tanto, afuera del restaurante, las cuatro chicas seguían platicando sobre Alfonso y los suyos.
—Vane, ¿ese es tu hermano mayor? ¿Alfonso es tu hermano?
Cintia, adicta a las redes, tenía un radar infalible para los chicos guapos, ya fuera en deportes o en las noticias. Puede que no le interesara la carrera de leyes, pero los chicos atractivos sí que le llamaban la atención.
—Sí —asintió Vanesa.
—Eso de los hermanos, medio hermanos, ex hermanos... tu familia sí que es un enredo —comentó Beatriz, en voz baja como siempre.
—Es todo un rollo —confesó Vanesa—. De hecho, me cambiaron al nacer. Recién el año pasado encontré a mis papás biológicos.
—Ay, perdón... yo no sabía —Beatriz tartamudeó, algo nerviosa.
Vanesa se rio bajito.
—No te preocupes, no es nada del otro mundo.
—Te marqué, pero no contestaste. Pensé en traerte unas cosas.
Vanesa, al escuchar eso, sacó su celular y se dio cuenta de que, en algún momento, había activado el modo silencio.
—Venimos a felicitarte porque hoy fue tu primer día en la universidad. ¿Qué tal te fue, señorita? ¿Cómo te sientes durmiendo fuera de casa por primera vez?
—Gracias a ti, la verdad, estuvo bien —respondió Vanesa, quitándole importancia, y luego miró a Santiago.
—¿Qué trajiste? —le preguntó, guardando el celular y fijándose en la bolsa de regalo que él llevaba.
—Vas a tener entrenamiento militar, ¿no? Le pregunté a unas maquillistas y me dijeron que estos productos son buenos, no dañan la piel. Sé que no sueles usar nada de esto, pero en los entrenamientos te pasas todo el día bajo el sol. Mejor cuídate, no vaya a ser que termines con la piel quemada.
Vanesa sonrió de lado y tomó la bolsa.
—Gracias, hermano.
—Compré varios, para que también les des a tus compañeras. Todo está en la bolsa, compárteselos. La primera vez que compartes cuarto, llevarte bien con las compañeras te hace la vida más fácil.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa