—Pequeña traidora.
—¿Vane?
Dos voces muy conocidas resonaron justo frente a ella.
—¿Esteban? ¿Alfonso? ¿Qué hacen ustedes dos juntos?
Vanesa alzó la mirada y, al verlos parados lado a lado, no pudo evitar pensar que aquello era casi como presenciar un milagro.
Ambos llevaban traje y corbata, y junto a ellos se encontraba un hombre al que Vanesa no recordaba haber visto antes.
—¿Viniste a comer con tus amigas? —Alfonso se acercó primero, mientras Esteban y el otro hombre caminaban con toda la calma del mundo.
Esteban conservaba ese aire despreocupado de siempre, mientras el desconocido la miraba con curiosidad y le hacía un gesto amistoso.
Vanesa asintió con la cabeza, considerando que ya con eso bastaba de saludo.
—Ya terminamos de comer, vamos de regreso a la escuela.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió ella. Los Balderas originalmente iban a acompañarla, pero David se ofreció a llevarla y Vanesa pensó que sería más fácil que ambos llegaran juntos, así que rechazó la compañía de los Balderas.
Por eso, los Balderas se pusieron melancólicos durante varios días, y ella tuvo que esforzarse bastante para animarlos.
A veces no entendía cómo, ya estando grandes, se portaban cada vez más como niños pequeños.
—Y yo, ¿qué? Pequeña traidora, ¿no piensas saludarme?
Vanesa soltó un suspiro y lo miró con resignación.
—¿En serio están juntos? Esto sí que es insólito.
—Negocios —resumió Esteban, sin darle más vueltas.
Ambos se miraron, y era evidente que ninguno estaba del todo contento con la compañía del otro.
—¿Son tus compañeras de cuarto? —preguntó Alfonso, mirando a las tres chicas que se amontonaban detrás de Vanesa. Les dedicó una sonrisa antes de volver a enfocarse en ella.
—Sí, déjame presentarlas: Natalia, Cintia y Beatriz.
—La próxima vez, ponlo a mi cuenta.
Alfonso ya no era aquel abogado desconocido de antes. Tras heredar el bufete de Benito, se había hecho cargo de casos enormes y aparecía con frecuencia en programas de debate legal y noticieros. Su valor profesional se había multiplicado por decenas.
—Cuando puedan, yo invito la comida. Mi hermana está viviendo en el dormitorio por primera vez, así que les pido que le echen una mano.
—Por supuesto, por supuesto —respondió Cintia, deslumbrada por tantos chicos guapos, sonriendo como tonta.
—Bueno, nosotros nos retiramos, sigan con lo suyo —añadió Alfonso.
Vanesa se dio cuenta de que los tres tenían algo pendiente ahí. Sinceramente, no había sitio más seguro para conversar en privado que el Jardín del Paladar.
De pronto, Vanesa se detuvo y miró a Esteban.
—¿La familia Montemayor… todo bien?
Esteban arqueó una ceja, y la respuesta quedó implícita en su mirada.
Sin preguntar más, Vanesa se despidió y se llevó a sus amigas.

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