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La Princesa romance Capítulo 287

El nombre le sonaba de algún lado, pero esa sola duda de un segundo fue suficiente para que el otro se acercara un paso más.

Vanesa arrugó la frente y se hizo a un lado, marcando distancia.

—¡Sí me molesta!

Lo dijo con firmeza, sin titubear.

—Todos somos nuevos, ¿no? No pasa nada si nos conocemos —Nicolás intentó tomarle la mano, pero Vanesa esquivó justo a tiempo, y entonces alguien la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia sí.

Reconoció el aroma al instante. Aunque no viera su rostro, la paz la envolvió de inmediato.

—Oye, compañero, ya te dijeron que no les gusta. Hay que aprender a respetar, ¿no crees? —David le lanzó una mirada significativa a la mano suspendida de Nicolás.

Nicolás ni se inmutó, solo retiró la mano con una sonrisa.

—Ya sé quién eres, David. El presidente del Grupo Lobos. Mucho gusto, yo soy Nicolás.

David no mostró emoción alguna. Solo respondió en seco.

—Ajá.

—¿Y tú por qué entraste? ¿No habíamos quedado de vernos en la entrada? —preguntó Vanesa, bajando un poco la voz.

—No había mucha gente por allá. Te esperé un rato, pero como no llegabas, mejor entré a buscarte.

Ambos conversaban como si no hubiera nadie más cerca.

—Vamos, hay que ir a comer —propuso David.

Vanesa asintió y, sin más, se tomaron de la mano y se alejaron hacia la salida, ignorando a Nicolás por completo.

Nicolás se quedó mirando sus espaldas, y una media sonrisa se dibujó en su cara.

—Qué bonito, ¿eh? Tan jóvenes y ya en ese puesto. Hay quienes se parten el alma por ese lugar… —murmuró, el brillo de sus ojos oscureciéndose, la sombra en su expresión borrando cualquier rastro de la alegría de antes.

...

En el restaurante, David se encargaba de pasar los cubiertos por agua caliente para Vanesa.

—¿Ese Nicolás es el que subió en la familia Morales?

La voz era fuerte, pero no sonaba malintencionada. Más bien, parecía sorprenderse.

—Tiene pinta de niña rica, ¿no? O sea, lo que trae no es de tianguis, ni genérico, ni nada. Se nota que cuesta, igual y es de esas cosas personalizadas que ni venden aquí.

—¿Y si solo es pura apariencia? —intervino otra, con un tono un poco sarcástico, sin mucha fe en sus palabras.

—Trae tan poquitas cosas, ¿será local?

—¿A poco los de aquí llegan tan temprano?

—¿No será difícil tratar con ella? —preguntó una tercera, con voz tímida.

—Quién sabe. En toda la mañana no ha regresado, seguro se fue a comer —dijo la primera, y se oyó cómo sorbía algo de su bebida.

Vanesa arqueó una ceja y, tranquila como siempre, empujó la puerta. Al entrar, vio a tres chicas sentadas frente a frente, cada una con su comida para llevar.

Las tres fijaron la mirada en ella, pero Vanesa solo les devolvió un saludo con la cabeza, sin inmutarse.

—¿Tú eres la última que faltaba en el 206? —preguntó la que ya había demostrado ser la más animada, dejando su comida a un lado y sacando una servilleta para limpiarse la boca.

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