A la mañana siguiente, Irma fue a tocar la puerta de Vanesa. Al escucharla, Vanesa respondió y, con un movimiento rápido, abrió las cortinas. La luz del sol llenó de inmediato toda la habitación.
Sobre el escritorio apareció un nuevo portarretratos, justo con la foto que habían tomado el día anterior.
Sin darse cuenta, las paredes se habían ido llenando de recuerdos. Había fotos con los Lobos, otras con Valentín, una foto de todos los Balderas juntos, una de Camila y Elías…
Quién diría que en solo medio año habían pasado tantas cosas.
—¿Vane, ya estás lista?
—Sí, ya voy —contestó Vanesa mientras se ponía una chamarra y se colgaba su bolso, saliendo de la habitación.
—¿Por qué sales tan destapada? ¿Y la bufanda? Ándale, regresa por ella, no quiero que te me enfermes —le soltó Irma, empujándola suavemente de vuelta.
Vanesa suspiró resignada, pero obedeció y fue por una bufanda. Al salir de nuevo, vio que David también traía una bufanda, con la misma cara de resignación.
Antes de que pudieran decir algo, Irma los llamó con la mano para que se acercaran.
En la mesa del comedor había un montón de cosas puestas.
—Mamá, ¿y todo esto para qué es? —preguntó Vanesa.
—Aquí están los pañuelos, las toallitas húmedas, y también les puse agua embotellada. Cuando lleguen, limpien bien todo, ¿sí? —Irma iba mencionando cada cosa mientras las metía en una bolsa grande.
—No dejen ni un rincón sucio, ¿me entendieron?
Ambos asintieron portándose obedientes.
—Estas son las galletas, acomódenlas igual que yo y que tus papás las prueben —dijo, colocando el plato con cuidado.
Siguiendo las instrucciones de Irma, se repartieron el trabajo: primero limpiaron toda la tumba, luego acomodaron las flores y pusieron la charola de galletas y fruta.
En años anteriores, solo dejaban un ramo y se iban. Esta era la primera vez que alguien les pedía hacer todo ese ritual.
—Papá, mamá, feliz Navidad. Vine con Vane a visitarlos —dijo David, haciendo una pequeña reverencia frente a la lápida.
El cementerio estaba vacío, solo ellos dos ahí. David extendió un periódico en el suelo y no se preocuparon por las formalidades: se sentaron tal cual.
Tomó la mano de Vanesa y empezó a juguetear con sus dedos, distraído.
—Este año tienes a mamá contigo, seguro ya no te sientes solo, ¿verdad?
—No se preocupen, estoy bien, me han cuidado mucho. Los papás de Vane hasta me dieron dinero en efectivo de regalo. Este año también fuimos a cenar con Valentín en Nochebuena, y de verdad se veía contento. Vamos a seguir visitándolo. Aunque ustedes estén juntos allá, de vez en cuando acuérdense de venir a platicar conmigo en mis sueños, ¿sí?

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