—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Vanesa al verla tan apurada, pensando que algo grave había sucedido.
Irma sonrió y, sin decir más, les extendió un par de sobres a ambos.
—Tomen, es su regalo de Año Nuevo. Pensaba dárselos esta noche, pero como quién sabe a qué hora regresen, mejor se los doy de una vez.
Vanesa aceptó el sobre sin dudar, con una sonrisa sincera.
—Gracias, mamá.
En cambio, David se quedó mirando el sobre un momento, sin saber qué hacer.
—¿Y tú por qué te quedaste pasmado? —preguntó Irma, dirigiendo la mirada a Vanesa, quien a su vez miró a David y le dio un leve tirón de la manga.
—Sólo que… no esperaba que también me tocara a mí. Muchas gracias, señora.
David se veía un poco incómodo, como si de pronto lo hubieran transportado a la infancia. Recordó esas noches en las que, después de la cena en familia, sus papás les entregaban un sobre parecido. En ese entonces, el dinero ni siquiera importaba, lo valioso era recibir algo de manos de sus padres.
Irma le dio una palmada en el brazo, como si le pareciera lo más natural del mundo.
—¿Qué estás diciendo? ¡Claro que eres de la familia!
—Eso, no hay niño que no reciba regalo de Año Nuevo —agregó Aurelio, que acababa de terminar de lavar los trastes y se acercó a ellos.
—Ya con su regalo en la mano, el año que viene va a estar lleno de alegría y cosas buenas. Les deseo que sean felices, que todo les salga bien —sonrió Irma, su voz cálida y llena de cariño.
David sostuvo el sobre y le agradeció a los Balderas, intentando disimular la emoción. Vanesa lo miró de reojo, notando que sus pensamientos iban mucho más allá de ese momento.
Ella lo conocía tan bien, que sabía exactamente lo que sentía por dentro.
…
El frío de la noche ya se sentía en la calle cuando llegaron al restaurante. El cielo estaba tan oscuro que costaba distinguir las siluetas. En la pequeña calle colgaban linternas rojas, y de vez en cuando salían niños corriendo con bengalas encendidas en las manos.
—¿Te acuerdas cuando nosotros jugábamos así de niños? —comentó David, mientras ayudaba a un pequeño que casi se cae.
El niño le agradeció y, al escuchar que sus amigos lo llamaban, corrió hacia ellos y desapareció al final de la calle.
Vanesa soltó una risa suave.
Entraron juntos. Valentín estaba en el patio, dándole indicaciones a Lucio para que moviera la mesa adentro.
Al verlos llegar, Valentín dejó lo que hacía y se acercó con la ayuda de su bastón.
En ese instante, se dieron cuenta de que, mientras ellos crecían, otros iban envejeciendo poco a poco.
—Ya llegaron, pasen, la cena está por llegar —dijo Valentín con una sonrisa.
Antes, Bernardo era quien siempre preparaba la cena especial. Desde el accidente de la familia Lobos, la costumbre había cambiado: lo mejor que podían hacer era pedir comida del restaurante más elegante del pueblo.
—Mira, esto lo preparó mi mamá en la tarde, especialmente para ti —dijo Vanesa, entregándole una charola de galletas.
David fue a ayudar a Lucio con la mesa.
Valentín recibió las galletas con manos temblorosas y los ojos brillando. Cada año, Alba solía traerle un paquete igual, pero en esta ocasión…
Se le apretó el corazón, pero sonrió, agradecido por la compañía de los jóvenes y el cariño familiar que aún seguía presente.

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