—Señor Lobos, ¿está haciendo un columpio?
—Sí, cuando nos mudemos a la casa nueva, pondré uno en tu cuarto, y haré otro más grande para el patio, así tú y Alba podrán usarlo, ¿qué te parece?
—Papá, ¿dónde pongo esta madera?
—¡Ey, ey, ey! Suelta eso. ¿Sí puedes ver un poco más los planos que te di? No vayas a hacer una porquería, y si de casualidad Vane se cae, ¡no te la voy a perdonar!
—Vane, ignora a esos dos, ven a comer fruta, que tu señor Lobos acaba de partirla —desde el quiosco del fondo, Alba agitaba la mano y le sonreía a Vanesa.
—Ya voy —contestó ella, corriendo con una sonrisa.
El patio estaba lleno de risas y el bullicio de ayer aún parecía flotar en el aire. Pero ahora…
Vanesa apretó la mandíbula y alzó la vista al cielo estrellado. Aunque había llovido todo el día, la luna seguía colgada en lo alto, y hasta las estrellas brillaban más de lo habitual.
—¿Ya se fueron Ismael y los demás?
La voz de David sonó a su lado.
—Sí, ya se fueron —Vanesa rompió el pan que tenía en las manos, lo partió y le dio la mitad a David.
—Toma, come un poco. No has probado bocado en todo el día.
En el patio, sus voces apenas se escuchaban, como si cada palabra les costara el alma.
David no tenía hambre, pero igual tomó el trozo de pan y empezó a masticar, sin ganas, como si fuera por inercia. Vanesa estaba igual; ese pedazo de pan no era grande, y entre los dos lo terminaron en un par de bocados.
En medio del silencio interminable, se quedaron recargados uno en el otro, como si fueran el último refugio para el otro.
David levantó la mirada hacia el cielo.
—¡¿Vane?! —Irma abrió los ojos de sorpresa—. ¿Pero por qué estás tan flaca? ¿No has estado comiendo bien?
Soltó la canasta en el suelo y le tomó la cara entre las manos, con una expresión llena de cariño y preocupación.
Vanesa siempre había sido delgada y de cara pequeña, pero estos días, entre el estrés y las comidas saltadas, había bajado todavía más de peso. Sus mejillas se veían hundidas y tenía un aspecto agotado.
—¿Y papá?
—Se fue antes a la tienda. Yo iba al mercado a comprar unas cosas. ¿Qué se te antoja para el almuerzo? Yo te lo preparo.
—No, mamá, solo vine a buscar ropa para cambiarme, agarro mis cosas y me voy. Por ahora no voy a regresar, cuídense mucho, ¿sí?
—Entiendo —Irma no discutió. Federico ya le había explicado lo importante que David y los papás de David eran para Vanesa. Por eso, verla tan decaída le partía el corazón.
—No te preocupes por nosotros, los que tienen que cuidarse ahora son ustedes dos. Aunque estén tristes, tienen que comer algo aunque sea poquito. ¿Tienes prisa? ¿Ya desayunaste? ¿Quieres que te prepare algo y te lo lleves para el camino...?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa