El día del funeral de Alba, el cielo parecía tan gris y pesado que daba miedo. David, con el recipiente de cenizas entre las manos, se mantenía al frente, los labios apretados, el semblante completamente impasible. A sus costados, uno a la izquierda y otro a la derecha, estaban Valentín y Vanesa, firmes y en silencio.
Alba y Bernardo casi no tenían familiares, así que los asistentes eran pocos. El único pariente cercano era Valentín, que se presentaba como una figura mayor y respetada.
Vestido de negro, con un bastón en mano, sus ojos cansados reflejaban una tristeza honda. Para él, Alba y Bernardo eran como sus propios hijos. Tener que despedirlos, sentir que el destino le robaba a quienes más quería, era un golpe demasiado duro para su corazón.
Lucio estaba detrás de Valentín, atento y dispuesto a ayudarlo. El muchacho, que normalmente mostraba una actitud desinteresada, ahora lucía serio. El traje lo hacía parecer más grande, como si el dolor le hubiera robado de golpe la juventud.
Al fondo, Estrella e Ismael observaban en silencio, acompañados de algunos amigos de la familia Lobos, quienes en los momentos más difíciles del Grupo Lobos habían tendido la mano a David. Eran rostros marcados por el tiempo, testigos de muchas batallas.
Comenzaron a caer algunas gotas de lluvia, primero tímidas, luego se volvieron persistentes. De pronto, los paraguas negros se abrieron uno tras otro, sumiendo el ambiente en una pesadez aún más sofocante.
Vanesa inclinó el paraguas hacia David, acompañándolo en los últimos pasos del ritual.
Cuando terminó el funeral, gracias a Estrella e Ismael, quienes se quedaron a ayudar a despedir a los asistentes, la carga se alivió un poco. Ya no hacía falta forzar sonrisas incómodas ante las palabras de consuelo de los demás.
—Vane, ¿no has dormido nada estos días, verdad? —preguntó Estrella, mirándola con preocupación genuina.
—Avísale a Yago, ¿sí? Perdón por no haber ido a la última competencia —susurró Vanesa, la voz quebrada por el cansancio y la tristeza.
—No te preocupes por eso ahora... Entiendo, yo le digo. Anda, vete a descansar, yo me encargo del resto —respondió Estrella, casi rogándole.
Vanesa negó con la cabeza, insistente.
—Déjame hacerlo a mí —dijo, la voz rasposa, como si cada palabra le costara trabajo.
Estrella se mordió los labios para no llorar. No quiso insistir más. Sabía que Vanesa necesitaba mantenerse ocupada para no quebrarse.
Ismael, por su parte, se dedicó a acompañar a David para despedir a los invitados. Aunque normalmente era de pocas palabras y poca paciencia, esa tarde mostró un temple y una cortesía inesperados, agradeciendo y respondiendo con calma a cada quien. Gracias a él, David solo tuvo que quedarse a un lado, inclinándose en señal de respeto.
Parado en la entrada, David tenía la mirada perdida, como si de pronto el mundo hubiera dejado de tener sentido.
Valentín no supo qué más decir. Se retiró junto a Lucio, dejando a David sumido en sus pensamientos.
...
La noche cayó y la casa quedó vacía.
Después de un día tan largo, apenas si habían tomado agua. El lugar, ahora silencioso, parecía más grande y frío. Vanesa, con una bolsa de pan y una botella de agua, buscaba a David por todos los rincones.
Al dar una vuelta, notó que la luz del jardín seguía encendida. Se acercó, llamando su nombre con cautela, pero no obtuvo respuesta.
Al llegar, lo encontró sentado en el columpio del patio. Tenía los ojos cerrados, las pestañas temblando. Una lágrima le recorría la mejilla.
El columpio se movía despacio, como si intentara arrullarlo en medio de su cansancio y su dolor.
Vanesa se acercó, en silencio, y se sentó a su lado. El asiento, para dos personas, los acurrucó en un espacio pequeño donde el peso del mundo parecía menos insoportable.

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