Ni pegarle ni regañarla parecían opciones acertadas. Alba, sólo de pensar en Vane, sentía que el corazón se le apretaba. Por supuesto, con esa angustia, no pudo pegar el ojo en toda la noche.
Bernardo, que conocía bien el carácter de Alba, no le pidió que dejara de meterse en asuntos ajenos. Al contrario, le dio unas palmadas suaves en el hombro, tratando de tranquilizarla.
—Mira, Davi va a entrar el lunes a la misma escuela que Vane, ¿no? Los dos van a estar en el mismo salón, y apenas se llevan un año. Son casi de la misma edad, así que seguro se van a llevar bien. Podemos invitar a Vane a comer a la casa seguido, y lo que sus papás no le enseñen, nosotros lo hacemos.
En ese instante, los ojos de Alba se iluminaron y, sin pensarlo, le plantó un beso tronado en la mejilla a Bernardo.
—¡Eres lo máximo, amor! Tienes razón, Vane está en una edad en la que su carácter apenas se está formando. Si la dejamos así, sin corregirla, le estamos haciendo un daño. Es una niña tan linda, yo no podría quedarme de brazos cruzados viendo cómo agarra un mal camino.
Al recordar el comportamiento de Vane ese día, Alba no pudo evitar suspirar. A pesar de lo lista que era la niña, estaba claro que no tenía ni idea sobre cómo relacionarse con la gente. Era apenas una niña, pero ya no sabía cómo aceptar la amabilidad de los demás. En vez de agradecer, se protegía con comentarios cortantes y se encerraba en sí misma.
Si eso seguía así, ¡cómo no iba a terminar con una personalidad torcida!
—Pero… —Alba frunció el ceño, inquieta—. ¿Y si Vane no lo ve bien? ¿Y si piensa que nos estamos metiendo donde no nos llaman?
Los Lobos, aunque siempre habían querido una niña, no eran de esos que ven a cualquier chiquilla y ya la quieren adoptar. La verdad es que, a veces, uno siente una conexión instantánea. Eso les pasó justo al ver a Vane por primera vez: fue como si la conocieran de toda la vida.
Tan pequeña, pero tan clara y segura al hablar, sin miedo al qué dirán, siempre con una opinión propia y una fortaleza que sorprendía. ¿Quién no la querría? Bueno, salvo esos papás que sólo piensan en los hijos varones y la tratan con puro desprecio.
—Vamos a tener tiempo —dijo Bernardo con calma—. Ella no se va a ir a ningún lado, y nosotros tampoco.
Alba entendió la intención de Bernardo, aunque el nudo en su pecho seguía ahí. Era imposible no preocuparse por una niña tan pequeña, viviendo sola en una calle bulliciosa, rodeada de gente ruidosa y sin nadie que la protegiera. ¿Quién no tendría miedo en esa situación?
Bastaba imaginarse a la chiquita, acurrucada, llorando bajito bajo las cobijas, para que se le rompiera el alma. Si Vane fuera su hija, jamás dejaría que sufriera así...
Cuando Vanesa y el mayordomo salieron, lo primero que vieron fue a los tres saludándola de manera entusiasta, como si fueran parte de una coreografía secreta.
—¡Buen día, Vane!
—Buenos días, señor, señora —respondió Vanesa, repitiendo exactamente las palabras que Bernardo le había enseñado el día anterior.
Si hubiera sido otra persona, tal vez Vanesa no habría hecho caso. Pero Bernardo siempre la trataba con gentileza, así que ella no encontraba cómo negarse.
De alguna manera, el orgullo de la familia Montemayor era algo que se transmitía de generación en generación. Entre más rudo eras con ellos, más testarudos se volvían. Pero si les mostrabas un poco de ternura o te dejabas consentir, soltaban la pose y, aunque su respuesta sonara seca, por dentro se derretían de alegría.
Quizás las palabras que decían no siempre eran las más tiernas, pero en el fondo, se sentían felices. Así, justo como cuando recibió el regalo de David.

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