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La Princesa romance Capítulo 229

Alba sonrió, los ojos se le curvaron en medias lunas, y se veía bellísima; de hecho, era la adulta más guapa que Vane había visto en su vida, ni siquiera su mamá podía compararse.

Por un instante, Vane se quedó embobada mirándola.

—¿Verdad que mi mamá es bien guapa? —David se acercó al oído de Vane, creyendo que hablaba bajito.

Vanesa, por primera vez, no le contestó de mala gana; solo asintió, atontada.

Alba no pudo evitar sentirse encantada. Esta vez no se contuvo y, apartando a su hijo, tomó el rostro de Vane entre las manos y lo apapachó con cariño.

Vane aún tenía las mejillas redonditas de niña chiquita, su piel era suave y tierna como pan recién hecho. Aunque arrugó la cara por la sorpresa, no se molestó ni un poco; al contrario, se veía todavía más adorable, igual que una muñeca.

—Ay, pero si nuestra Vane es la más bonita de todas, la niña más preciosa que he conocido —dijo Alba, sin poder disimular el cariño en su voz.

—Ya, ya, no vayas a asustar a la niña —intervino Bernardo cuando vio que su esposa ya había disfrutado el momento. Entonces, rescató a Vane de las manos de Alba, con una sonrisa divertida.

—Vane, ¿por qué no te quedas hoy a cenar con nosotros? Si tus papás no quieren, yo misma voy a hablar con ellos —propuso Alba, aún con la mirada llena de ternura.

—No hace falta —dijo Vane, retomando su expresión seria de pequeña adulta en cuanto Alba la soltó.

—Mis papás regresan muy tarde a casa, mi hermano está en una escuela donde se queda a dormir, y hoy ya volvió allá —explicó, al notar que Bernardo y Alba no entendían del todo.

—¿Y no te da miedo estar sola? —preguntó Alba, frunciendo el ceño con preocupación.

Vane se quedó callada unos segundos. Nadie le había hecho esa pregunta antes. A pesar de eso, contestó con honestidad:

—No me da miedo. Antes vivía sola en una casita de la colonia y tampoco me asustaba. Ahora estamos en una casa mucho mejor, con el señor que cuida y las muchachas que ayudan, así que no tengo de qué preocuparme.

Gracias a eso, Vane pudo entrar al kínder sin problemas, incluso avanzó dos grados y fue directo al grupo de los mayores.

Ella pensó que sus papás se pondrían contentos, pero no fue así… Solo hicieron los trámites de inscripción a toda prisa y se marcharon, sin decirle ni una palabra de aliento o cariño.

...

Esa noche, Alba se dio vueltas y vueltas en la cama, sin poder pegar el ojo. Bernardo la abrazó, jalándola hacia su pecho, y prendió la pequeña lámpara de la mesita de noche.

—¿Sigues pensando en Vane?

—¡Es una niña de cinco años! Si fuera nuestra hija, estaría apapachada a más no poder —dijo Alba, la voz encendida por el enojo y la impotencia—. ¡Me dan ganas de ir a buscar a los Montemayor y preguntarle a Matías cómo se atreve!

Sin embargo, ya no era una jovencita impulsiva; por mucho que Bernardo la consintiera y la hiciera sentir como niña, tenía que actuar con cabeza. Además, siendo honestos, ella era solo una persona ajena a la familia. Si se entrometía demasiado, tal vez terminaría perjudicando a Vanesa en vez de ayudarla.

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