—¿No fuiste tú quien lo dijo? Que yo siempre pongo los intereses primero, que mientras haya algo que ganar, soy capaz de aguantar lo que sea. La verdad, Jacinta ya no me sirve para nada, en cambio, necesito tu ayuda, y justo tú y Jacinta no se pueden ver ni en pintura. Ya sabes, el enemigo de mi enemiga es mi amiga, ¿o no? —Vanesa la miró de arriba abajo, cruzando los brazos con desgano.
—Eso de creerse mucho no es buen hábito —le soltó sin rodeos.
En su cabeza, Jacinta ni siquiera estaba a su nivel para ser considerada una rival digna.
Vanesa revisó la hora en su celular, caminó hasta la silla junto a Lucrecia y se dejó caer con aire despreocupado.
—Te doy cinco minutos. A ver, ¿qué es lo que quieres?
—Ayúdame a que mi mamá se divorcie, mándanos a las dos fuera del país.
Ya no aguantaba estar en la familia Villegas. Su mamá cada día estaba peor, y para colmo, Mauricio Villegas parecía adivinar todos sus movimientos, nunca aceptaba el divorcio.
Si seguían así, ni siquiera sabían si lograrían sobrevivir.
Vanesa apenas esbozó una sonrisa.
—Eso, Lucrecia, es tu asunto. No tiene nada que ver conmigo.
—Lo sé, por eso te lo estoy pidiendo... te lo suplico, ayúdame, ¡no tengo a quién más recurrir! —Lucrecia, temblando de desesperación, se aferró al brazo de Vanesa sin importarle el dolor que recorría su cuerpo.
Al principio, Lucrecia había pensado en aprovecharse de Jacinta, sacarle algún beneficio, pero en la familia Montemayor, Jacinta no pintaba nada, ni las empleadas le hacían caso.
Si no fuera porque Mauricio la presionaba para que tratara bien a Jacinta, jamás se habría buscado un problema con Vanesa por culpa de esa mujer.
Acabó quedándose en medio, intentando no meterse demasiado para no salir perdiendo.
A estas alturas, prefería perderlo todo y apostar por la ayuda de Vanesa, aunque fuera su última carta.
—No les ha ido muy bien porque nadie los administra, pero justo están remodelando toda la zona y van a abrir una nueva plaza comercial. Aunque estén medio olvidados, entre los tres dejan libres más de cien mil pesos al año. ¡Son tuyos! Ya cumplí dieciocho, los papeles están a mi nombre, puedo transferírtelos cuando quieras.
Se aferró aún más al brazo de Vanesa, las marcas rojas de sus dedos quedando bien visibles en la piel clara de ella.
—Te lo ruego, dame esta oportunidad. Te entrego todo lo que tengo, pero ayúdanos por favor.
—Eres muy lista… Si esos locales caen en tus manos, seguro los vuelves un éxito. Por favor, Vanesa, ayúdame.
La súplica de Lucrecia era tan intensa que ni ella misma notó cómo apretaba. Vanesa, en cambio, no se inmutó, sonrió de lado y una pizca de orgullo asomó en su mirada.
—Lucrecia, a veces uno necesita empujarse a sí mismo. Sigues esperando que alguien te rescate, pero ya aprendiste a buscar soluciones por tu cuenta.
Lucrecia se quedó helada, dándole vueltas a las palabras de Vanesa, tratando de entender lo que quería decirle...

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