—Vane, ¿cómo ves? —preguntó Yago con un dejo de preocupación.
—No es nada grave. Mejor llevémosla al consultorio para que le pongan hielo —respondió Vanesa, sin titubear.
—Pero Yago, ¿no tienes tu competencia en un rato? —le soltó otro compañero, mirando de reojo el reloj.
—Sí, pero me da tiempo…
Yago no alcanzó a terminar la frase cuando Vanesa lo interrumpió con voz firme.
—Ir y venir te va a desgastar demasiado. Mejor vayan a competir ustedes. Yo ya terminé mi prueba por hoy, así que la llevo yo —dijo, tomando la iniciativa.
Sin perder el ritmo, Vanesa cargó a Lucrecia en brazos, con una seguridad que dejaba claro que no era la primera vez que lo hacía. Ni se tambaleó, ni arrugó el gesto. Parecía tan tranquila como siempre.
—Estrella, regreso en un rato —anunció, porque en ese momento, quien tenía fuerzas y conocimientos médicos era solo Vanesa. No tenía cómo zafarse.
—No te apures, todavía no es la final. Además, en la tarde hay lanzamiento de bala —Estrella le dio una palmada en el hombro, sonriente—. Cuando termine voy a buscarte, ni te preocupes. Igual Ismael va a grabar todo.
Vanesa solo asintió y salió del tumulto, llevando a Lucrecia consigo.
...
Una vez que la gente se dispersó, Vanesa entró al consultorio, depositó con cuidado a Lucrecia sobre la camilla y, sin decir palabra, le levantó la pierna lesionada. Sacó una bolsa de hielo y la acomodó sobre el pie de Lucrecia.
—Sujétala tú —indicó.
Lucrecia apretó los labios y tomó el hielo en silencio. Vanesa no se fue de inmediato. Siguió buscando entre los cajones hasta que encontró dos pastillas y un vaso de agua, que le puso frente a la chica.
—¿Esto qué es? —preguntó Lucrecia, dudosa.
—Para el dolor. Si quieres, tómalas.
—Sí —contestó sin pensar, y se las tomó de un trago junto con el agua.
—Déjalo el hielo un rato. Cuando baje la hinchazón, prueba a moverlo. Pero lo mejor sería que te hicieras una radiografía en el hospital, por si acaso. Ya te revisé y no veo nada raro, pero ahorita no comas cosas picantes ni bebidas frías, y duerme bien. Si haces caso, para la próxima ya vas a estar como nueva.
—¿Por qué… me dices todo esto? —Lucrecia la miró, perpleja. De pronto sintió que no entendía nada de esa persona que tenía enfrente, ni antes ni ahora.
—Cuando vayas a verla, yo estaba en llamada con ella.
—¿Grabaste la conversación? —preguntó Vanesa, sin mostrar ni pizca de preocupación. En cambio, Lucrecia agitó las manos rápido, negándolo con fuerza.
—No grabé nada. La verdad, lo pensé, pero al final no me atreví. Querer chantajearte sería ridículo, sería cavar mi propia tumba.
Ella era Lucrecia, no Jacinta. Nunca había sido tan ingenua como para ignorar el peligro, ni tan torpe como para no ver las diferencias.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
—Ayúdame. Y a cambio, yo te ayudo con Jacinta.
—¿Ayudarme con Jacinta? —Vanesa soltó una carcajada sarcástica que no llegó a sus ojos—. ¿Acaso crees que yo, Vanesa, he llegado tan bajo como para necesitar ayuda contra Jacinta? Lucrecia, han pasado los años y sigues igual de ingenua.
Lucrecia agachó la mirada. Sabía perfectamente que Vanesa no necesitaba su ayuda. También sabía que, detrás de esas palabras, Vanesa no hacía más que burlarse de sus intentos desesperados.
Pero a veces, si dejabas pasar el momento, ya no había forma de volverlo a intentar.

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