—Señor, aquí es.
Santiago volteó hacia donde venía la voz y vio a Ismael Morgado acercándose, acompañado de un hombre de mediana edad.
—No pensé que Ismael vendría... ¿lo conoces? —preguntó Alfonso, siguiendo la mirada de Santiago.
—Lo he visto un par de veces, pero no somos cercanos —respondió Santiago en voz baja. Cuando Ismael fue a ayudar a la familia Balderas, justo él y su hermano no estaban. Más tarde, durante la remodelación del local, Alfonso y él sí se cruzaron una vez.
Ismael llegó junto a Gustavo, y por supuesto, también notó la presencia de Santiago. Sin ocultar nada, Ismael levantó la cabeza con aire de ganador.
—¿Ya les dieron las entradas de Vanesa?
—Señor Morgado —saludaron ambos hermanos.
—¿Y estos dos quiénes son, Ismael? —intervino Gustavo Olivera, con un tono cordial.
—Tío, ellos son los hermanos mayores de Vanesa. Él es el papá de Estrella.
Por cortesía, los dos hermanos se levantaron para darle la mano.
—Buenas tardes, señor Olivera, soy Alfonso.
—Santiago.
—Ah, así que ustedes son los hermanos de sangre de Vanesa, de verdad son muchachos de primera. Esa Vane sí que es especial, cuídenla mucho —dijo Gustavo, con una emoción evidente al encontrarse a la familia de Vanesa en la competencia.
—Nuestra Estrella le debe mucho a Vane, si no fuera por ella, ya se habría metido en mil líos. Antes me preocupaba que gastara todo lo que tenemos, y ahora hasta me da miedo que no quiera quedarse con la herencia —bromeó Gustavo, lanzando una mirada de complicidad. Alfonso no estaba al tanto de la historia, pero Santiago sí sabía que hablaba del pequeño bar que Estrella había abierto.
—¿Será esa Vane? —preguntó Alfonso, dándole un codazo a Santiago. Este salió de su ensimismamiento, levantó la cámara, hizo zoom y empezó a tomar varias fotos.
...
Londres. Esteban se masajeó las sienes, con una taza de café y un iPad a un lado. En la pantalla, la transmisión en vivo del evento deportivo. Dejó el iPad encendido, dedicándose a sus pendientes de trabajo, mientras esperaba el arranque oficial de la competencia.
Así llevaba nueve años.
La cámara seguía a Vanesa sin perderla de vista. Llevaba una coleta alta y bien peinada, vestía una camiseta llena de vida y colores, pero el gesto en su cara era sereno, como si nada le quitara la calma. Sostenía el cartel del grupo, parada al frente de su clase, sin una gota de maquillaje. Aun así, era imposible apartar los ojos de ella.
El tiempo retrocedió a toda velocidad. Aquella vez, Vanesa apenas tenía siete años y acababa de entrar a la primaria.
—Siempre andas con ese chamaquito del barrio y apenas te acuerdas de venir a comer, ¿eh? Jazmín, si la próxima vez no llega a tiempo, tira la comida —dijo Esteban, con un tono seco, sin alterarse ni un poco.

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