Después de cambiarse, Vanesa y Lucía salieron rumbo a la cancha. Yago Téllez, que era el encargado de deportes de la clase, apenas vio a Vanesa, los ojos le brillaron como si hubiera visto oro.
—¡Vane, por fin llegaste! Este año también te toca llevar el cartel de la clase, ¿no? Eres nuestra carta fuerte, cada vez que sales, los de los otros salones ni chance tienen. En cuanto salgas, es victoria asegurada —dijo, y sin más, le puso el cartel en las manos.
El cartel, hecho por los chicos de arte, combinaba perfecto con el diseño de los uniformes. Entre la multitud y la variedad de carteles, el de su grupo destacaba de inmediato.
Mientras todos se acomodaban en filas, los familiares de los alumnos comenzaron a entrar poco a poco. En la entrada, una fila de carros de lujo llamaba la atención; los estudiantes del Colegio General San Martín, pegados a la reja, miraban con los ojos abiertos.
—No inventes, ¿ya viste esos carros? Cada uno cuesta millones.
—Ni hablar, aquel de la esquina yo lo he visto en revistas, vale treinta millones.
—Treinta millones… Aunque me dieran las sobras ya sería feliz. La neta, siempre hay alguien que te hace sentir que no tienes nada.
—Oye, Fede, ¿tu hermana no estudia ahí? ¿Por qué no vas a ver la inauguración de su evento de deportes? —preguntó el compañero de banco de Federico, con curiosidad.
—Capaz que le da pena que la vea, ¿no? —se metió Pablo Guevara, con tono burlón.
—Mira nada más, una reja de por medio. Tu hermana allá en la fiesta de ricos y tú de este lado, resignado. Vaya suerte la tuya —añadió, meneando la cabeza como si de veras le diera lástima Federico.
El compañero de Federico se sintió incómodo por haber sacado el tema, pero Federico ni se inmutó. Su cara seguía igual de tranquila, como si nada pudiera perturbarlo.
—Vámonos, ya va a sonar el timbre.
—Sí, sí, vamos —dijo su compañero, apurándose a seguirlo. Pablo, frustrado porque no logró picar a Federico, se quedó mascullando su coraje sin poder hacer nada.
—Ya, vámonos, Pablo, en un rato tenemos prueba de matemáticas.
Camino a la entrada, varios padres que habían llegado temprano lo reconocieron y se acercaron a saludarlo. David les correspondió con amabilidad, pero sin detenerse mucho; su prioridad era llegar a la sala de juntas.
Apenas David se adentró en el edificio, Alfonso y Santiago, los hermanos, cruzaron la puerta principal de la escuela.
Como habían llegado caminando, varios asistentes los observaron de reojo, pero ninguno se animó a acercarse a platicar.
Para ellos, la competencia deportiva no solo era una oportunidad para ver a sus hijos en acción, sino también una ocasión perfecta para hacer contactos con otros empresarios. Había quienes venían con la esperanza de usar a los hijos como pretexto para sellar acuerdos de negocios que antes no habían logrado.
Todo, absolutamente todo, giraba en torno al beneficio de sus empresas. Si alguna persona no podía aportar nada, ni siquiera se molestaban en gastar saliva. Eso sí, también había padres que iban solo por sus hijos, aunque cada uno llevaba sus propios intereses, más o menos marcados.
A los dos hermanos poco les importaban esos juegos. Buscando sus asientos según los boletos, se acomodaron en la zona que les correspondía.
Apenas se sentaron, Santiago reconoció a alguien entre la gente...

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