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La Princesa romance Capítulo 177

El semáforo amarillo parpadeó, el rugido de los carros volvió a escucharse y, apenas cambió a verde, Estrella y Vanesa aceleraron a fondo, cruzando la avenida como si compitieran con el viento.

Tal como Esteban les había dicho, la entrada principal de la familia Montemayor estaba abierta de par en par. Las dos pasaron sin contratiempos, pero en lugar de dirigirse directamente a la casa, dieron una vuelta y terminaron en la zona de los cuartos de servicio.

—A estas horas y de repente dices que vayamos a la casa de los Montemayor... de plano me asustaste —aventó Estrella, con el corazón todavía acelerado por la carrera.

—Yo pensé que ya sabías, porque me contestaste directo que en diez minutos —replicó Vanesa, encogiéndose de hombros.

Estrella se tocó la nariz y soltó una risita—. Así soy yo, pura acción. ¿Qué tal? ¿Te fallé o no?

Mientras platicaban, Estrella le dio un codazo amistoso a Vanesa, quien de inmediato se lo regresó. La complicidad entre ambas se sentía tan natural como respirar.

—Pero, ¿por qué no vamos directo a la casa y mejor pasamos por aquí? ¿Qué andas tramando? —cuestionó Estrella, mirando alrededor con curiosidad.

Dieron la vuelta y llegaron a la puerta principal. Claudio ya las esperaba, plantado con esa postura siempre seria suya.

Vanesa le lanzó una mirada rápida a Estrella y esta entendió de inmediato, haciendo el gesto de cerrar la boca con un cierre imaginario.

—Señorita Balderas —saludó Claudio, inclinando levemente la cabeza.

—Claudio, lleva el camino —ordenó Vanesa, sin rodeos ni cortesías innecesarias.

Claudio asintió y se giró para guiarlas hacia los cuartos de servicio. Estrella, aunque muerta de curiosidad, se limitó a seguir a Vanesa en silencio.

Al final del pasillo, Claudio se detuvo.

—Lorena Sáenz está adentro —informó con voz baja.

—Gracias por la ayuda —dijo Vanesa. Apenas terminó de hablar, Claudio ya se había marchado.

Vanesa era famosa por ser quisquillosa con la comida, y Jazmín siempre se las arreglaba para prepararle platillos sencillos y sabrosos; por eso, los chefs profesionales iban y venían, pero Jazmín seguía ahí.

¿Por qué quedarse con un chef si la verdadera joya era Jazmín?

—Jazmín, ya no soy la joven ama de la familia Montemayor. Si no te molesta, dime Vane —dijo Vanesa, tomando el vaso de agua. Su sonrisa, bajo la luz, la hacía ver tranquila y hasta frágil.

—¿Pero cómo cree? Eso no está bien... —Jazmín se frotó las manos, incómoda.

—¿Por qué no habría de poder? Desde que llegaste a la familia Montemayor hasta el día en que me fui, siempre me cuidaste más de lo que tenía derecho a pedirte. Ahora que ya no soy la joven ama y no hay jerarquía de por medio, ¿por qué no decirme simplemente Vane?

—Yo... —Jazmín dudó, pero en sus ojos se asomaba también un poco de alegría.

—Siempre fuiste tan lista y tan noble. Si fueras otra, igual te habrían querido mucho. Yo solo hice lo que debía —dijo Jazmín, con la voz temblorosa, pero sincera.

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