—¿Escuché bien que sacaste a Elías a pasear?
Eran las nueve de la noche cuando Esteban Montemayor llamó de repente. Si hacía cuentas, allá eran las nueve de la mañana.
En ese momento, Esteban estaba de pie junto a la ventana que llegaba hasta el piso, observando los carros allá abajo, diminutos como juguetes.
Sostenía una taza de café en una mano y el teléfono en la otra. Las mangas de su camisa, arremangadas, dejaban ver el reloj de cincuenta mil pesos que llevaba en la muñeca. Todo en él transmitía elegancia y ese aire de refinamiento propio de quien nació con estrella.
—¿Escuché bien? Pues tienes buen oído —Vanesa no se sorprendió nada de que Esteban estuviera al tanto.
—Por si no te habías enterado, te llamo para avisarte, manita ingrata —se le escapó una sonrisa a Esteban, y esas últimas palabras sonaron casi como un chiqueo.
—¿Qué es lo que no sé? —Vanesa dejó caer la toalla sobre una silla y, acomodándose, se recargó en el cabecero de la cama.
—Mientras andabas de paseo, Jazmín se fracturó la mano. Pero bueno… a estas horas, ya debe haber salido del hospital. Claudio le dio un mes de descanso y hasta le soltó diez mil pesos de compensación, pero ella dice que no tiene a dónde ir y le pidió al mayordomo que no le dieran el periodo de descanso.
—¿Se fracturó? ¿Otra vez fue Jacinta Montemayor? —Vanesa se incorporó de golpe, y en su expresión se notaba un dejo de preocupación.
Esteban jamás se tomaría la molestia de llamar para hablarle sobre una empleada, a menos que hubiera algo detrás, y seguramente quería ver cómo reaccionaría ella.
Esto era justo lo que le divertía: tentarla, provocarla, desde que eran niños.
Jazmín era de las pocas personas de la familia Montemayor por las que Vanesa sentía un verdadero aprecio. Era discreta, trabajadora y siempre se manejaba con tacto. A Vanesa, que no tenía muchas personas genuinas a su alrededor, le costaba no preocuparse por alguien así.
—Como Elías no estaba, Jacinta quiso aprovechar para deshacerse del animalito que él cuida. Pero el bicho resultó más listo y corrió directo a la casa. Jazmín salió a defenderlo, y entre empujones, terminó rodando por las escaleras de la entrada y se fracturó la mano.
Esteban arqueó una ceja, y su tono fue tan indiferente como si hablara de un simple rasguño. A decir verdad, si no hubiera sabido que Vanesa se preocuparía por Jazmín, ni caso le habría hecho al asunto.
En la familia Montemayor, la sangre que corre es distante, sin calor.
El rostro de Vanesa se ensombreció en un instante.
...
Vanesa, por su parte, no salió corriendo tras colgar. Al contrario, fue directo a la sala.
—Papá, mamá, quiero platicarles algo —dijo, llamando la atención de ambos.
—¿Qué pasó? —Los dos se sorprendieron, era la primera vez que Vanesa se acercaba a consultarles algo. Eso los llenó de alegría, porque sentían, al fin, que su hija los necesitaba.
—En la tienda están buscando personal, ¿verdad? Quiero recomendar a alguien.
La realidad era que había muchos mejores trabajos para ofrecer, pero conocía bien la personalidad de Jazmín. Era tan tranquila, tan sumisa, que si le proponía algo más, seguro iba a rechazarlo y encima se la pasaría dándole las gracias con humildad.
Vanesa no era fan de esas dinámicas. Trabajar en la tienda sería más pesado que en la casa Montemayor, pero creía que, para Jazmín, sería más sencillo adaptarse ahí.

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