En el piso de arriba, Vanesa tenía la mano levantada, dudando entre tocar la puerta o no. Al final, renunció a golpear y, con suavidad, empujó la puerta para entrar.
La puerta se cerró tras ella con un leve sonido.
David la miró, los ojos enrojecidos, con una expresión de tristeza que lo hacía ver como un perrito abandonado, de esos que despiertan compasión al instante.
Vanesa no dijo nada, simplemente se acercó y lo abrazó. David la rodeó por la cintura y no la soltó en un buen rato.
Vanesa, igual que dos años atrás, le dio suaves palmadas en la espalda, transmitiéndole sin palabras todo su apoyo y cariño.
En ese momento, cualquier palabra de consuelo quedaba corta frente a la paz de ese abrazo.
No supieron cuánto tiempo pasó, pero al final Vanesa se sentó junto a él. Sus manos seguían entrelazadas, como si el mundo entero se redujera a ese instante compartido.
—Valentín ya te habló, ¿verdad? —La voz de David sonó rasposa, con el dolor a flor de piel.
—Sí —Vanesa apretó aún más su mano.
—¿Crees que estoy siendo demasiado egoísta? Sé que mamá está sufriendo muchísimo, pero no puedo evitar pensar solo en mí.
—Te entiendo —susurró Vanesa, y en su mirada se leía todo lo que no podía decir en voz alta: tus pensamientos, tus miedos, yo los comprendo todos.
—Valentín dice que hay una forma de despertar a mamá, pero que después de eso, ya no hay nada que hacer. Cuando papá se fue, ni siquiera dejó una palabra. Por eso… solo quiero platicar un poco más con mamá, aunque sea un rato…
Fuera con medicina o sin ella, la vida de Alba se iba apagando. David lo sabía, pero en el fondo deseaba un poco más de tiempo, que ella pudiera quedarse a su lado aunque fuera unos días más. Y al mismo tiempo, le aterraba que ni siquiera alcanzara a despedirse.
—Todavía hay tiempo —murmuró Vanesa.
Sus manos seguían unidas, aunque los dos sabían que ese “todavía” apenas significaba menos de tres meses.
Ese día, los tres permanecieron largo rato en la casa, bajo una nube de tristeza que nadie se atrevió a romper.
—Es mi último año, ya da igual —Vanesa sonrió de lado—. Gané el primer lugar en el concurso de diseño, y Regina y Yago quieren que mi diseño sea el uniforme de la clase.
—Justo ahora que Venus Couture va a expandirse, podrías aprovechar la oportunidad para publicitarte.
—Eso mismo pensé. Estos días, Yago irá como representante a firmar el contrato.
—Haz que Esmeralda se encargue de la parte pública, porque si Yago se entera que tú eres la que mueve los hilos, en menos de tres días todo el mundo se va a enterar y seguro vas a acabar harta de tanto chisme.
Por primera vez en todo el día, una sonrisa asomó en el rostro de David. Casi podía ver a Vanesa, entre resignada y avergonzada, teniendo que resolver los líos del negocio sin perder la compostura.
—Ya lo tenía decidido, lo demás se lo dejaré a Regina —Vanesa hizo una pausa antes de seguir—. Los Romo siempre tan despistados. Empeñados en ese inútil del hijo mayor, mientras al más capaz ni lo pelan.
—No cualquiera tiene el ojo agudo de nuestra Vane —David le revolvió el cabello otra vez, con ese tono de hermano mayor cariñoso y burlón.

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