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La Princesa romance Capítulo 166

El trabajo es trabajo; no hacer preguntas de más ni cruzar la línea era la regla de oro de Carlos como asistente.

Vanesa respondió con un sí apenas audible, distraída, y el carro se llenó de un silencio pesado. Carlos, sin decir palabra, pisó el acelerador con más fuerza. Llegaron en tiempo récord, ahorrándose casi diez minutos respecto al trayecto habitual.

Antes de que Carlos pudiera bajarse a abrirle la puerta, Vanesa ya había salido por su cuenta. Solo le lanzó un rápido “gracias por todo” y salió disparada hacia la casa.

La puerta la abrió el mayordomo, pero antes de que Vanesa dijera algo, Valentín apareció por detrás.

—Vane.

—¡Señor! ¿Cómo está? —Vanesa saludó al mayordomo con un gesto y enseguida ayudó a Valentín a dirigirse a la sala.

Valentín se dejó caer en el sillón, soltando un suspiro cansado.

—Yo también vine en cuanto recibí la noticia. El doctor de la familia le hizo un chequeo a Alba en la tarde y todo parecía normal. El mayordomo fue a buscar agua para limpiarla un poco, y en ese ratito, casi la perdemos.

—Después de estabilizarla como te dije, el doctor me contactó de inmediato. Tuve que volver a ponerle la inyección, pero ya no sé cuánto tiempo más va a resistir. Antes aguantaba más, ahora cada vez dura menos. Vane, tú entiendes bien lo que significa esto.

Vanesa apretó los labios, esquivando la mirada insistente de Valentín.

Aunque le dolía, Valentín tenía que seguir hablando.

—Alba… ni siquiera tiene ganas de seguir viviendo. Sabes que puede oírnos, pero han pasado dos años y ella sigue decidida a dejarse ir. Aunque yo fuera el mejor doctor de todos los tiempos, no hay nada que pueda hacer.

Valentín le dio unas palmadas a la mano de Vanesa, con los ojos llenos de tristeza. Alba había crecido frente a él, era una de las pocas niñas a las que su amigo de toda la vida le había pedido cuidar antes de morir. Para él, Alba era como una hija.

Se levantó y, con pasos firmes pero pesados, subió hacia el cuarto donde estaba David.

Valentín la observó alejarse. Aquellos dos niños traviesos, ¿en qué momento habían crecido tanto? Mientras los demás jugaban después de la escuela, ellos ya cargaban el peso de la vida sobre sus hombros, apoyándose el uno al otro, esforzándose con todo lo que tenían para salir adelante.

Hace apenas dos años, David tenía dieciséis. Un accidente le arrebató a su papá sin dejarle ni una palabra de despedida y dejó a su mamá postrada, sin despertar desde entonces. De un día para otro, tuvo que enfrentar la pérdida más dolorosa y, encima, hacerse cargo de todo el Grupo Lobos.

Si no hubiera sido por la fe en que su mamá algún día abriría los ojos, si Vanesa no hubiera estado a su lado en cada paso…

¡Dios, qué injusto! Dos jóvenes tan nobles y responsables, y les tocó cargar con todo.

Valentín se limpió el rostro, sintiendo por segunda vez una rabia impotente contra sí mismo.

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