Apenas bajó del camión, Vanesa se ajustó la mochila y comenzó a caminar sola hacia su casa. Las calles que antes le parecían desconocidas, ahora podía recorrerlas casi con los ojos cerrados, sabiendo perfectamente dónde quedaba la entrada de su hogar.
Ya estaba oscureciendo. Las luces de la calle titilaron un par de veces antes de encenderse por completo, bañando todo con un tono amarillo apagado. Vanesa levantó la vista y reconoció de inmediato la silueta que esperaba bajo la luz.
—Vane, ya es hora de cenar, vamos —Federico le hizo señas con la mano para que se acercara.
Cuando Vanesa estuvo más cerca, notó de inmediato los moretones en el rostro de Federico.
—¿Qué te pasó en la cara?
Federico negó con la cabeza, pero no dijo nada. Vanesa frunció el ceño, pero decidió no insistir.
—¿Ya hablaron de lo que tenían que arreglar?
—Casi todo quedó claro.
—Si mañana tienen que seguir platicando, te veo en el salón del Colegio General San Martín. Justo quiero pasar a la biblioteca a buscar unos ejercicios para repasar.
—¿Ya comiste?
—No, los papás acaban de llegar, así que justo a tiempo para cenar.
Siguieron intercambiando comentarios cotidianos, como si nada extraño hubiera pasado entre ellos. Todo parecía tan normal y familiar, que por un momento, los problemas recientes parecían no haber existido.
...
En un abrir y cerrar de ojos llegó el fin de semana. Los Balderas salieron temprano para ultimar los detalles antes de la inauguración del negocio. Alfonso y sus amigos seguían luchando por sus sueños. Vanesa, después de desayunar, se preparó para salir con Camila.
Al abrir la puerta, se encontró con una escena conocida: un chico y un perro esperándola afuera.
—¡Vanesa! ¡Otra vez te vas a llevar a Camila a pasear escondidas de mí! —Elías la miró con ojos enormes, llenos de reclamo y hasta un poco de drama.
Vanesa ni se inmutó. Cerró la puerta con toda calma y lo miró.
—¿Otra vez viniste hasta acá?
—Ahora sí le avisé al mayordomo —Elías se irguió, intentando verse muy seguro de sí.
Vanesa sonrió de lado y le revolvió el cabello.
Irma, la mamá de Camila, la había buscado para preguntarle por qué se habían peleado, y Camila le mostró la copia rota. Irma se encargó de comprarle uno nuevo y le pidió a Elías que aprovechara el fin de semana para buscar a Isaac y disculparse de verdad.
Nadie pensó que Elías lo recordaría, siendo como era, siempre tan despreocupado. Pero ahí estaba, un sábado en la mañana, trayendo el libro para resarcir su error.
—Gracias —susurró Camila, sin mencionar que Irma ya le había conseguido otro ejemplar.
—Era lo justo. Yo fui el que lo rompió, y todavía tengo vergüenza de no admitir mis errores —Elías respondió, con las orejas coloradas.
—¿Y qué fue lo que rompiste? —Vanesa echó un vistazo a la bolsa. Elías, de inmediato, se volvió tímido.
—Los adultos no se metan en cosas de niños —se puso frente a Camila, aunque apenas le llevaba unos centímetros de estatura.
Vanesa los comparó y soltó una carcajada, burlándose sin esconderlo.
—¡Yo sí voy a crecer! —reviró Elías, apretando los puños.
—Entonces hay que tomar más leche. Si no llegas al menos al metro ochenta y ocho, ninguna chica te va a voltear a ver.

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