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La Princesa romance Capítulo 160

Al llegar a la parada del autobús, Vanesa revisó el grupo y vio mensajes preguntándole cuánto faltaba para que llegara a casa. Apenas respondió, entró una llamada: era Alfonso Balderas.

—Vane —su voz, firme y tranquila, sonó al otro lado.

—Hermano.

—El asunto de Vicente Beltrán ya se resolvió. Lo acusaron de organizar fiestas indebidas, le dieron tres años de sentencia.

—Entiendo.

—Sobre Fede, ya le canté las verdades, pero la verdad, te recomiendo que le des una buena paliza, por mí también, y si lo dejas medio averiado, no pasa nada, yo me encargo de defenderte.

A Vanesa se le dibujó una sonrisa torcida.

—Hermano, ¿no que eres abogado? ¿Ahora me estás aconsejando delinquir?

—No, lo que pasa es que como tu hermano, quiero que aprendas a desahogarte bien.

La sonrisa de Vanesa se volvió más amplia.

—Ya entendí, veré cómo me las arreglo. Si de pura casualidad me paso de la raya, más te vale usar todo lo que sabes para sacarme del lío. —Sentada en la banca de la parada, bajó la mirada a sus zapatos y los balanceó levemente.

—Para mi hermana, veinticuatro horas al día, lo que sea. —La voz de Alfonso siempre transmitía una paz inigualable.

—Santiago también me llamó.

—Bien, pero regresa con cuidado y mándame mensaje cuando llegues, ¿sí?

Vanesa asintió, cortó la llamada y marcó a Santiago.

—Ya llegó el entrenador, me tengo que ir a practicar. No olvides avisarme del evento, prometo regresar a echarte porras. Y si tienes hambre, compra algo en la esquina para que no llegues con el estómago vacío, ya te mandé dinero.

—Ok —respondió Vanesa, y Santiago colgó casi al instante.

Se quedó mirando el celular, luego perdió la mirada en la ventanilla y soltó un suspiro largo.

Mensajes y llamadas iban y venían. Vanesa, durante diecisiete años, había sentido que la palabra “familia” no tenía nada que ver con ella. Pero ahora… se había convertido en alguien a quien su familia buscaba y extrañaba.

Si llegaba tarde, alguien la llamaba para saber si ya había comido. Cuando volvía sola, siempre había alguien esperándola en la esquina. Se preocupaban por si dormía bien, por si se esforzaba demasiado, y reconocían sus sacrificios sin darlos por sentado…

Vanesa se quedó quieta, como si de pronto entendiera el motivo de su enojo el día anterior.

Se había molestado porque le importaba. Porque cuando algo te importa, duele más.

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