Se despidieron de Elías y, sin decir palabra, Vanesa y Federico caminaron juntos hacia la parada del camión. Subieron en silencio y se sentaron uno al lado del otro, todavía atrapados en ese mutismo incómodo.
Vanesa miraba por la ventana, observando cómo los árboles parecían retroceder a toda velocidad. Llevaba tres días sin descanso, encargándose de mil y un asuntos. Ahora, de vuelta a la rutina escolar, por fin sentía que podía soltar un poco la cuerda que llevaba tensa en la cabeza.
Federico, al girar de reojo, notó la sombra morada bajo los ojos de Vanesa. Su piel, ya de por sí clara, hacía que cualquier marca se notara aún más, sobre todo con la luz del camión. Esa mancha en la cara de Vanesa resaltaba como un recordatorio de todo lo que había pasado.
Pensar en cómo Vanesa había estado corriendo de un lado a otro por la familia, y aun así tenía que lidiar con sus propios problemas, hacía que Federico se sintiera cada vez peor consigo mismo.
Ni siquiera podía considerarse un hermano decente... ¡ni persona decente, para el caso!
La noche anterior había dado vueltas en la cama, atormentado por la culpa. Incluso se sentó y se dio un par de bofetadas para ver si así lograba calmar la conciencia y poder dormir. Ahora, viendo el rostro agotado de Vanesa, la culpa volvía a apretarle el pecho.
No servía para nada, vaya que no.
Federico se insultó mentalmente, sin piedad.
—¿Te has sentido muy cansada estos días? —al final, después de un rato dándole vueltas, se atrevió a hablar. Pero apenas lo dijo, se arrepintió porque sonó como una pregunta tonta.
Vanesa lo miró, sorprendida por un segundo.
—Nada fuera de lo común —respondió, encogiéndose de hombros.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, una incomodidad extraña flotando en el aire hasta que, por fin, cada quien entró a su respectiva escuela sin decir una sola palabra más.
...
Apenas Vanesa entró al salón, Estrella le saludó levantando la mano. Yago agitó el brazo con más entusiasmo aún, con los ojos brillando, clavados en ella.
—¿Qué pasa? —preguntó Vanesa, desconcertada por tanto alboroto.
Yago se quejó, frotándose la cabeza y sentándose derecho, tratando de no perder la dignidad.
—¡Ya cerraron la competencia de diseño! Vane, te adelantaste a Regina por tres votos al final y te llevaste el primer lugar. ¡Felicidades! —anunció, casi a gritos.
—Gracias —Vanesa se limitó a asentir, sin mucho asombro; el resultado era justo lo que había imaginado.
—Vane, esta vez no solo hay premio en efectivo —insistió Yago con voz suplicante—. Escuché que Venus Couture va a cumplirte cualquier petición relacionada con ropa. —Al ver que Vanesa no mostraba emoción alguna, le juntó las manos, como si estuviera rogando—. ¡Te lo pido, manita!
Vanesa levantó la ceja, divertida.
—Dilo de una vez, ¿qué quieres?
—Es que... —Yago se giró a ver a Estrella, buscando apoyo—... otra vez nos toca hacer la camiseta de la clase, y Regina y yo pensamos que tu diseño encaja perfecto con el tema de la competencia: colorido, llamativo, justo lo que necesitamos para romper la monotonía de este último año. ¡Esa camiseta es pura energía, pura juventud!

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