La puerta se cerró con llave y la cara de Jacinta se vino abajo, con una expresión de tristeza que no pudo disimular.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Lucrecia, mirándola con un dejo de preocupación en la mirada.
Jacinta, al borde de las lágrimas, apretó la mano de Lucrecia, como si el mundo entero se le viniera encima. Al verla así, Lucrecia no lo pensó dos veces y la abrazó con fuerza, dándole unas palmaditas suaves en la espalda para tranquilizarla.
—No llores, aquí estoy contigo. ¿De veras te hicieron pasar un mal rato o te duele algo? —Después de ese gesto simbólico de consuelo, Lucrecia la soltó y le alcanzó un pañuelo desechable.
Jacinta lo apretó entre los dedos, como si le fuera la vida en ello.
—Yo… Yo sé que no soy tan cercana a Vanesa como los demás, pero al final de cuentas, nosotros somos la familia de verdad. Solo quiero llevarme bien con ellos, pero… ¡él me empujó por las escaleras! ¡Solo tiene siete años! ¿Cómo puede ser tan cruel?
—¿Estás diciendo que… fue Elías, instigado por Vanesa? —Lucrecia captó al vuelo la insinuación.
—No… No estoy segura, pero ese día él venía de la casa de mis padres adoptivos. Apenas regresó, me empujó por las escaleras. Justo iba bajando para cenar, me topé con Elías en el descanso, le saludé y no solo dejó que su perro me asustara, ¡también me empujó! —Los ojos de Jacinta temblaban de miedo—. Esta vez me salvé de milagro, solo fue una fractura… ¿Y si la próxima vez no tengo tanta suerte?
Mientras hablaba, apretó el hombro de Lucrecia con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la piel, haciéndole una mueca de dolor por un segundo. A pesar de eso, Lucrecia se las arregló para recomponer su expresión en un instante.
Con suavidad, le quitó la mano a Jacinta de encima, pero en su cara seguía pintada una mezcla de preocupación y ternura.
—Jacinta, tranquilízate. No tienes que asustarte tanto, además, no tenemos pruebas —Levantó la ceja, pensativa—. ¿Le contaste esto a tus papás?
—No, el encargado de la casa no me deja comunicarme con mi papá. Creo que todos me desprecian, todos quieren que Vanesa regrese. Hasta los empleados de la casa me tratan con indiferencia. Lu, ¡esta es mi casa! ¡Fue Vanesa quien me quitó todo!
Jacinta apretó la mano de Lucrecia como si se aferrara a su única salvación.
—El mes que viene es la competencia deportiva. Por ahora, enfócate en recuperarte, así podremos participar juntas.
—¿Competencia deportiva? ¿También los de último año?
—¡Claro! Nuestra escuela no es como las demás, aquí se busca el equilibrio entre estudio y ejercicio. Aunque estemos en el último año, todos debemos participar. Además, se invita a los papás, vienen empresas a patrocinar ropa y equipo… Es todo un evento y cada estudiante lo espera con ansias.
—Tú nunca has participado, ¿verdad? Descansa bien, porque ese día todo se pone súper animado.
¡Eso es! ¡Pruebas! Si no existen pruebas, entonces las invento yo misma.
Delante de todos, Vanesa… Esta vez haré que caigas en desgracia. Por mucho que lo intentes, una impostora sigue siendo una impostora. ¡Deberías regresar al barrio pobre y vivir como una sombra, sin que nadie te quiera cerca jamás!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa